Hombres torpes: ¿cómo amar a un padre que envejece?
Como hijo atravieso un duelo silencioso: anticipo la eventual partida de mi padre. Se está haciendo cada vez más viejo y yo algo tengo que hacer. Cuando la edad acentúa el contraste entre su ternura y su soberbia, ¿quién dijo que tener padre es fácil?
Enrique, aun más que yo, tropieza todo el tiempo. Baja un escalón y da un paso en falso; sube a la banqueta y tropieza, una baldosa ligeramente levantada es un obstáculo. Él se ríe, le da gracia su torpeza, pero no es que termine por asumirla. Yo nunca dejo de prestarle atención a sus pies, a su ruta, y anticipo peligros señalando banquetas y escalones: “Cuidado”, “mira”, “pon atención”.
Si camino ligeramente encorvado hacia adelante y con un sutil bamboleo es porque desde niño lo imito. Las puntas se abren algo de más y arrastro los pies: pies de pato. Así camina mi padre y, por lo poco que recuerdo, también así caminaba mi abuelo. Por ese andar, toda la vida he tenido ligeros tropiezos. Pensaba que era algo mío hasta que empecé a reparar a mi papá. Hay cosas que no se heredan desde la genética sino del amor. Mi abuelo murió a los ochenta y cuatro años en un hospital del ISSSTE luego de una caída.
Mi padre tiene setenta y seis años, cuatro más que la expectativa de vida promedio en México. Más allá de sus quince cigarros y sus cuatro tazas de café al día, es un hombre muy sano. Todo indica que vivirá muchos años más. Entonces no entiendo por qué he empezado a tratarlo como a un niño, por qué bajo con lentitud las escaleras frente a él, previendo que podría servir de amortiguador si resbalara; ¿por qué, cuando caminamos abrazados, uso esa muestra de cariño para controlar su paso? ¿Cuándo empecé a verlo vulnerable? ¿Cuándo dejé de correr a sus brazos para tomarlo entre los míos? ¿Por qué lo extraño tanto si aún está conmigo?
Y tiene, además, otros tropiezos. En una nota de mi diario de viaje encuentro una entrada: “Mi padre es soberbio, orgulloso. No pide ayuda. Prefiere caer a decir ‘¿Puedo apoyarme en ti?’. Igual que el abuelo, igual que yo, que ayer tropecé”. La eterna capacidad de asombro de mi papá, su amor desbordado, su sentido social, su gusto por la gente y su ternura de pronto se ven opacadas por su necedad e incapacidad de enunciar sus enojos, sus miedos, de hablar de eso que lleva dentro como, por ejemplo, la muerte de mi madre.
Planear un viaje de veinte días con él es pensar y sobrepensar estas cosas; es alistarse económica, física y emocionalmente. Un día puse la idea en la mesa y Gabriela, mi novia, le dio forma y hasta nombre: Europa Old Tour. Ella llevaría a su mamá, de sesenta y nueve años, y yo al mío. Sería la primera vez que tanto Áurea como Enrique harían un viaje trasatlántico. Lo matizamos con eufemismos: “pueden gozar las pensiones”, “ya no tienen ninguna responsabilidad”, “que disfruten el viaje ahora que todavía pueden caminar”. Pero que los viejos conocieran un nuevo continente era lo de menos. No nos quedan muchos años con nuestros padres y hay que crear memorias. Ausencia anunciada. Mi padre se está haciendo viejo y yo algo tengo que hacer. Quizá congelar el tiempo en una foto, quizá aprovecharlo a su lado. Quizá escribir sobre ello o sobre él o sobre nosotros.
No sé en qué momento lo alcanzó la vejez y hay mucho en mí que aún se resiste a nombrarlo, por más que su cuerpo lo grite. Desde hace años, las córneas de mi papá tienen un contorno azul de lípidos llamado arco senil que no tiene injerencia en la vista ni afecta nada en su rutina, pero yo no dejo de verlas como constatación de su edad. Sus manos, antes robustas, cada vez más flaquitas; él mismo cada vez más delgado, más frágil, lejos de la fuerza que mi memoria corporal le atribuye a cuando me cargaba. Pienso, por otro lado, que sumarle sorpresa al paso natural del tiempo es una forma de ceguera. Busco el momento exacto en que mi papá me pareció mayor, como si no hubiera estado frente a mí todo el tiempo. Hace años le lancé el balón al exreceptor de los Cóndores de la UNAM y no lo atrapó porque “ya no veo tan bien como antes”. También su personalidad ha cambiado; ahora es más gruñón y a la vez más sensible; menos paciente, pero más contemplativo; más sabio, pero mucho más olvidadizo. Luego empezó a bajar la velocidad en el coche. Quizá simplemente se hizo viejo cuando murió mi mamá.
“Mi padre es soberbio, orgulloso. No pide ayuda. Prefiere caer a decir ‘¿Puedo apoyarme en ti?’. Igual que el abuelo, igual que yo...”