Disco 2000: el despertar de la individualidad

Una canción bastó para que un puberto de escuela pública y vellos incipientes descubriera su identidad, el sexo y las clases sociales.

Disco 2000: el despertar de la individualidad

Verano de 1996, medianoche. Yo, cubierto hasta la cabeza a pesar del calor  que se pega en la piel sin escurrir ni secarse, respirando mi propio aliento para evitar ser descubierto escuchando música en el Walkman de mi hermana a escondidas. Mantenía el volumen al mínimo para no despertar a nadie, pero mi pie me delataba con su movimiento rítmico. Con mi copia pirata del disco compilatorio Now That's What I Call Music! 3, de pronto, sentí haber descubierto algo propio, algo que no le pertenecía a nadie en mi familia. Y que probablemente no les gustaría.

Hasta entonces yo era un cúmulo de gestos, opiniones, ideas y gustos musicales adquiridos: el rock clásico de mis papás, la electrónica o la folclórica de mis tíos y los boleros de mi abuela. Para ellos la música tenía un enorme peso en el día a día; no tanto como para  aprender a tocar un instrumento, pero sí lo suficiente para amasar una colección de cientos de discos compactos, casetes y vinilos, que aumentaba cuando grababan sus propias playlists.

Eso quedó atrás cuando escuché «Disco 2000» de Pulp, la canción con la que vi el primer destello de individualidad, ese momento preciso de la vida en el que descubres tu lugar en el mundo, cuando te das cuenta de que eres algo más que la suma de tus padres y tu familia.

"Con mi copia pirata del disco compilatorio 'Now That's What I Call Music! 3', de pronto, sentí haber descubierto algo propio, algo que no le pertenecía a nadie en mi familia. Y que probablemente no les gustaría."

Mientras me autodescubría musicalmente, el mundo estaba en llamas. Fuera de esas cobijas, la economía mexicana seguía en crisis y el ambiente social era tenso, como un joven antes de su primera vez. No era el momento ideal para ser mexicano, ni el más oportuno para ser puberto; pero nunca lo es y uno continúa como puede.

En Pulp descubrí la picaresca noventera: una mezcla de hormonas desatadas, líneas de bajo rítmicas y una voz que canta y susurra letras cargadas de resentimiento social y sexo con mucho drama. Una combinación atractiva para un adolescente de escuela pública y vellos incipientes que poco o nada entendía de sexualidad, ni de clases sociales o de relaciones.

«Disco 2000» se convirtió en la puerta de entrada para Different Class, mi referente para entender la realidad y descubrir los primeros enamoramientos y calenturas, así como la compleja estructura social y las marcadas diferencias entre las escuelas privadas y las públicas. Bajo la influencia de ese disco, asumí la condición de raro que lee libros y escucha música a escondidas. Comprendí que aunque mis compañeros de escuela eran diferentes, compartíamos la misma incómoda situación: la adolescencia.

A la par tenía que aceptar que mi cuerpo cambiaba, que mi voz se hacía más grave pero no bonita; entendí que mi vida estaba delimitada por todas esas características que me hacen único, por los vergonzosos barros que me salían en la cara pero también por las limitaciones de mi clase social: sin importar cuánto me esforzara jamás sería uno de «ellos»; en sus vidas siempre sería una curiosidad o una anécdota. El tiempo lo confirmó. 

"...ese puberto que respondía a los maestros, renegaba de las tareas y reprobó educación física por negarse a jugar futbol, pero leyó un libro por semana durante su primer año de secundaria."

¿Y quiénes son «ellos»? Son quienes Pulp describe, de quienes se burla sin esconder su resentimiento en «I Spy»; es la chica de escuela privada de «Common People» que juega a no tener privilegios, son ‘los populares’, los que tenían su grupito en la escuela y ahora lo tienen en la oficina, los colegas que se adulan entre ellos y que no permiten que otra persona tenga lo que ellos tienen. Los que no soportan a alguien diferente. 

Jarvis fue ese hermano mayor que nunca tuve en casa, el que te explica cómo moverte por el mundo y responder las dudas que sólo la experiencia de quien ya pasó por eso, sin tener la responsabilidad de educarte, puede resolver: qué vestir, qué decir para parecer interesante o cómo aceptar a ese puberto que respondía a los maestros, renegaba de las tareas y reprobó educación física por negarse a jugar futbol, pero leyó un libro por semana durante su primer año de secundaria. 

Ese raro inglés de lentes de pasta y sacos de terciopelo, que se movía con más teatralidad que gracia en los videos, me acompañó también durante la preparatoria y la universidad; me enseñó a abrazar mis peculiaridades. 

Esa es la paradoja de crecer: cambiar de manera tan violenta que todo se sacude y se rompe para, al final, permanecer en el mismo sitio

Treinta años después, aún veo a Jarvis como el hermano espiritual que elegí. Todavía canta sobre relaciones, sexo e identidad, pero ahora lo hace a un público que envejeció con él, que se autodescubrió y se desencantó de un futuro prometido que llegó tan rápido y de manera tan hostil que tuvimos que reinventarnos para sobrevivir.

A los 42 me doy cuenta de que las dudas persisten, que tropiezo con los mismos errores y confirmo la vigencia de todas y cada una de las canciones de Different Class, un disco que ahora se escucha diferente pero es el mismo. Aún soy ese ‘raro’ cuyo cuerpo pasa por cambios; en lugar de salir, el pelo se cae y todavía reniego de «ellos». Soy una persona que parece diferente pero es la misma de entonces.

Esa es la paradoja de crecer: cambiar de manera tan violenta que todo se sacude y se rompe para, al final, permanecer en el mismo sitio. Ese es el verdadero secreto de Pulp y su música, que todo cambia para seguir exactamente igual. Y no hay razón para sentir vergüenza de eso.