Periodismo libre de maltrato

¿Qué fracturó nuestra confianza en las noticias? ¿Es TikTok el responsable? Silvestre brota de la necesidad urgente de mirar al otro, de encontrarnos en la franqueza y la empatía. Frente a una industria que se marchita lentamente, esta es una invitación a esparcir otras semillas.

Periodismo libre de maltrato

En la redacción vacía, el silencio tenía el peso de un animal muerto. Quedaban las luces blancas sobre algunos escritorios y el zumbido de las computadoras que nunca se apagaban. Yo estaba en el baño, intentando llorar sin hacer ruido. Ocultar el llanto para que pase inadvertido es una habilidad que aprendes rápido en este oficio.

Marcela era una intendenta, limpiaba los pasillos, vaciaba las papeleras y sabía más de los empleados de la editorial que cualquiera en Recursos Humanos. Me extendió un paño suave doblado en cuatro, sin decir palabra, sin ese teatro de la falsa preocupación. 

“¿Cómo que quieres renunciar?” —me dijo esa primera vez— “si apenas es martes”. 

Nos encontramos muchas noches más. Con frecuencia, mis jornadas terminaban ahí, en ese baño, intentando recomponerme antes de volver a casa. Y ese no fue el único espacio laboral donde el llanto rebasó cualquiera de mis métodos de contención; pero sí el único donde alguien me hizo compañía. 

Reconozco que cuando era jovencísima cedía al llanto con facilidad y me costaba asimilar que la profesión con la que siempre había soñado no se parecía a la realidad. Pero lo que me pasaba no era una excepción. Era la norma. Y la norma tenía muchas caras.

Me costaba asimilar que la profesión con la que siempre había soñado no se parecía a la realidad.

En mi condición de millennial educada en el arte de romantizar el sufrimiento, acepté el maltrato como si fuera el costo natural de aprender un oficio. Pero no hay nada natural en humillar a otros. Hace tiempo que la industria confundió la crueldad con la pedagogía, y la camaradería con la complicidad.

Todos los gremios tienen sus dinámicas tóxicas, pero yo sólo conozco las del periodismo, y en el periodismo hay algo que es tan fascinante como aterrador: somos expertos en denunciar abusos ajenos y completamente ciegos ante los propios. Exigimos rendición de cuentas, pero siempre premiamos a los que callan y obedecen. Queremos explicarlo todo, pero en el fondo, hemos entendido muy poco. 

Reconocer el maltrato es sencillo. Lo difícil es nombrarlo: una editora que estruja con el puño una nota antes de terminar de leerla. Otra que se burla de tus errores. Una que te castiga con días sin mirarte ni dirigirte la palabra, como si no existieras. Un director que lanza un periódico enrollado al rostro de un editor. Otro que, en medio de su enojo, rompe el vidrio de su oficina con el golpe de un marcador. La jefa que grita en la cara del reportero. El que no te mira a los ojos cuando te despide. El que se va de vacaciones para no ser él quien anuncie que el medio va a cerrar. La que te retiene hasta medianoche aunque tu jornada terminó a las nueve. El reportero veterano que no deja de hacerte insinuaciones. El que te sigue con la mirada cuando te levantas de la silla. La jefa que te advierte, casi con ternura, que mejor te acostumbres: así es esto. 

Así es esto.

La mayor amenaza para el periodismo no tiene que ver con la crisis económica de los medios, aunque los medios se están cayendo a pedazos con una elegancia desesperante. No son los algoritmos ni la pérdida de nuestra capacidad de atención, que es real pero tampoco es toda culpa de las redes sociales.

Tiene que ver con nosotros. Conmigo y contigo que estás leyendo esto, con todo periodista que fue engendrado y criado en un entorno hecho para destruirnos en peleas de egos de las que nadie habla pero en las que todos participamos.

Competimos ferozmente por la irrelevancia, por ocupar un espacio en un mundo que cada vez nos presta menos atención.

Hacemos periodismo para periodistas; para que otros nos alaben y nos hagan sentir, por un momento, casi importantes. 

Hacemos periodismo para ganar premios y publicarlo en LinkedIn con la modestia estudiada de quien escribe "entusiasmada de compartir", y en realidad está suplicando "por favor mírenme". Para que nos inviten a Colombia, a Panamá, a Italia, o a donde sea que haya más periodistas hablando de periodismo con otros periodistas. 

Competimos ferozmente por la irrelevancia, por ocupar un espacio en un mundo que cada vez nos presta menos atención.

Hacemos periodismo para decir que somos periodistas, porque en nuestro ego inconmensurable creemos que eso significa algo más poderoso que ser contador. Más interesante que ser abogado. Más digno de respeto que ser Marcela, la intendenta, que al menos sabía cuándo alguien necesitaba un pañuelo.

Todo esto sin mencionar las prácticas violentas y de apropiación que se ejercen contra los periodistas fuera de la capital mexicana. Les robamos historias, les robamos fuentes, hacemos nuestra su mirada. Son ellos quienes sufren las amenazas del crimen y del poder, pero sólo reconocemos como víctimas a quienes acuden a la conferencia mañanera sin obtener respuestas.

Perdidos en nuestro propio reflejo olvidamos que allá afuera, lejos del Covadonga y la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, hay un mundo donde el Premio Gabo, el True Story Award o el Walter Reuter no existen. Donde no significan nada. Donde nadie sabe pronunciarlos y tampoco les hace falta.

Gritamos con indignación, levantamos el puño, nos escandalizamos porque "la gente" no se interesa por la democracia, las desapariciones o la corrupción. Y en los momentos de mayor delirio hay periodistas que dicen, con una gravedad que raya en el absurdo, que nuestra obligación es contar aquello que "la gente" no quiere saber y obligarla a mirar el horror de frente.

Como si el horror necesitara más publicistas.

Desde esa pequeña palestra simbólica comenzamos a mirar a otros colegas, editores, fotógrafos, a los que "sólo hacen redes" y, sobre todo, a eso que llamamos "la gente". 

"La gente ya no lee". "A la gente no le importa". "La gente sólo ve TikTok". "La gente no entiende". ¿Quién es esa "gente" a la que tanto despreciamos?

Las frases aparecen con una sospechosa facilidad, como si "la gente" fuera una masa indistinta, un bloque sin rostro y sin nombre. Cada una revela una forma de mirar o, más exactamente, de no mirar. Porque en ese gesto se instala y crece la idea de que el otro vale menos, que entiende menos, que importa menos.

Pero si uno se detiene y aprende a mirar, puede ver mucho más que su propio reflejo. Una señora que teme un asalto en el autobús. Un maestro que corrige exámenes hasta medianoche. El muchacho que reparte comida bajo la lluvia. Y Marcela, también ella es "la gente". Esa multitud a la que creemos indiferente al mundo que le rodea. Discúlpanos por no leer tu investigación o tu crónica que pinta como héroes a los asesinos. Estamos ocupados sobreviviendo.

Hace tiempo dejamos de ver a las personas, de acercarnos con curiosidad y preguntar qué les preocupa, qué les interesa, por qué vale la pena levantarse cada mañana. Estamos demasiado ocupados mirando nuestro ombligo, que, hay que reconocerlo, es un ombligo bastante ordinario.

Perdimos incluso la capacidad de ver a otros periodistas que también luchan por su supervivencia todos los días, que tienen sus propios problemas y sus propias noches largas, y sus propios baños de oficina donde llorar sin hacer ruido. Es más fácil competir que mirarnos con empatía, demeritarnos y no reconocer el esfuerzo del otro; confundimos la intimidación con la exigencia, el miedo con el respeto y el desprecio con la secreta admiración.

A un contexto de por sí adverso hay que agregarle, claro, a los dueños de los medios. Esa fauna peculiar que compró una máquina vieja sin saber bien para qué: algunos por el prestigio que da un cabezal, ese apellido impreso que suena a algo, aunque no se sepa muy bien a qué; otros para hacer relaciones públicas, para impulsar otros negocios, para influir, para conquistar reporteras. 

Confundimos la intimidación con la exigencia, el miedo con el respeto y la secreta admiración con el desprecio.

A pocos les importa el periodismo. Ni los periodistas. El New York Times ya publicó cómo Jeff Bezos destruyó uno de los diarios más importantes de Estados Unidos. En América Latina podríamos llenar un volumen entero con casos similares, de esos libros gordos que se ven bien en las oficinas de los dueños pero que nadie ha leído nunca.

Seguimos haciendo periodismo como si lo único que importara fuera ese circuito cerrado. Como si nuestro trabajo fuera una forma de buscar reconocimiento más que una forma de comprensión. Y en ese punto, algo se pierde. Se pierde la curiosidad. Se pierde la escucha. Se pierde, sobre todo, la capacidad de ver al otro.

Han asesinado a 178 periodistas en este país desde el año 2000. Sólo el 31% de las personas confía en los medios de comunicación y cada mes nos enteramos de un cierre inminente o de otro drástico recorte de personal. Con esos números encima, las guerras de ego son un lujo que ya no podemos pagar.

En un mundo cada vez más violento y solitario, no somos los únicos temerosos del futuro, agotados del contenido sin sustancia, hartos de los abusos del poder y del capital. Queremos sentirnos humanos otra vez. No "usuarios". No "consumidores". No "seguidores". Humanos.

De ahí nace Silvestre. De las ganas de acabar con el maltrato que se extiende desde las redacciones hasta nuestras comunidades. Este no es un grito desesperado ni una solución definitiva. Es una propuesta, una forma de intentar hacer las cosas de otra manera, de moverse, aunque sea un poco, en dirección contraria.

Menos ruido y más escucha. Menos velocidad y más calma. Menos relaciones públicas y más franqueza. Menos jerarquía y más reconocimiento. 

Esto, por supuesto, incluye a "la gente". Esas personas allá afuera en espera de ser escuchadas, de crear lazos y confirmar que la vida está en otra parte: lejos de la inteligencia artificial, de los influencers, de los escándalos y del contenido diseñado para indignarnos exactamente seis segundos antes de pasar al siguiente.

Esa comunidad que, como nosotros, quiere florecer entre la adversidad, como la hierba que encuentra camino en las grietas del concreto, como la planta que nadie sembró y nadie regó pero nació, como las primeras formas de vida en un planeta abandonado. Esta es nuestra apuesta, tal vez ingenua y obstinada, por volver a mirar. Mirar al otro, mirar a nuestros colegas, y así, intentar algo distinto. 

Aquel martes por la noche, antes de irse, Marcela dobló el paño en cuatro otra vez, con cuidado, como si fuera a servirle a alguien más. Probablemente sí. No dijo mucho. No explicó nada. No ofreció consejos sobre el oficio ni sobre la vida. Hizo algo mucho más simple. Me vio. 

Y en ese acto —el de reconocer al otro— hay, tal vez, una nueva forma de empezar.