Desgastante y desgastada: la fórmula de A24 para gentrificar el cine de género

La estrategia comercial con la que A24 despojó al cine de género de su pulso popular para convertirlo en un accesorio de estatus intelectual, tal como hizo con el cine de horror.

Desgastante y desgastada: la fórmula de A24 para gentrificar el cine de género

Ya está por acabarse el verano y un par de estrenos de la primavera aún son objeto de conversaciones y análisis: Backrooms (2026), de Kane Parsons, y Obsesión (2026), de Curry Barker, películas de horror estadounidenses que comparten otras características importantes: cada una es dirigida por un cineasta de menos de treinta años egresado de YouTube —ahí los descubrieron sus productores—, y las dos fueron enormes éxitos en taquilla; la primera se acerca a los 400 millones de dólares recaudados y la segunda ya los rebasó. Ninguna producción costó más de diez millones. 

Los medios discuten la coincidencia como si se tratara de un fenómeno insólito, pero la verdad es que cada tanto una película de horror de presupuesto industrial básico (decir sólo “bajo presupuesto” sería insultante para quienes trabajan con menos de 20 000 dólares) se impone en la taquilla, así como entre la crítica, que parece descubrir el cine una y otra vez. 

En años previos, la francesa Coralie Fargeat obtuvo nominaciones a todos los premios más populares, del BAFTA al Oscar, por La sustancia (2024), que acumuló alrededor de 80 millones de dólares y revivió la carrera de su protagonista, Demi Moore. Poco antes, el director canadiense Kyle Edward Ball consiguió dos millones de dólares con su largometraje de horror vanguardista Skinamarink (2022), cuya producción costó apenas 15 000, y antes de eso, Robert Eggers y Jordan Peele se convirtieron en figuras redituables gracias a La bruja (2015) y ¡Huye! (2017). De esta ola, el director más exitoso probablemente sea Ari Aster, con El legado del diablo (2019), la cual multiplicó nueve veces los 10 millones de dólares que le fueron concedidos. Nada nuevo, pues, pero lo que menos se discute al respecto es un proceso que tiene mucho que ver con el capital detrás: la gentrificación del género. 

"Muchas de estas películas y realizadores promueven una idea antes impensable de que el cine de género exige solemnidad para merecer atención; que le hace falta comportarse con la seriedad ligada —por elitismo— con el arte."

No parece una cuestión económica que estas películas tengan en común alusiones al llamado cine de arte (Fargeat recrea varias imágenes de Stanley Kubrick en La sustancia; Barker parece repetir una del japonés Kiyoshi Kurosawa en Obsesión, y Aster no pierde oportunidad para citar a Ingmar Bergman) o una intención manifiesta de profundidad (Eggers suele basarse en amplias investigaciones folclóricas, mientras que Peele hace un cine antirracista que llegó en ¡Nop! (2022) al nivel de discusión ontológica sobre las imágenes). Por sí mismo, este no es un aspecto problemático y ha resultado en algunos de los grandes cineastas modernos: inspirados por las nuevas olas de los años sesenta, Brian De Palma, William Friedkin y Martin Scorsese, entre otros, han hecho películas de homicidas, aventureros y gangsters que son relevantes por su inquietud formal, su capacidad de entretener y sus discusiones sobre temas de coyuntura. Sin embargo, muchas de estas películas y realizadores promueven una idea antes impensable de que el cine de género exige solemnidad para merecer atención; que le hace falta comportarse con la seriedad ligada —por elitismo— con el arte.