El libro que te devuelve lo que él se llevó
Belén López Peiró tenía doce años cuando empezó el abuso sexual y diecisiete cuando decidió denunciar a su tío. Su libro reconstruye el archivo judicial para nombrar lo que miles de niñas aprenden a callar.
La primera vez que vi el pene de un hombre fue contra mi voluntad. La primera vez que sentí una erección contra mi cuerpo, también. Y no soy la única. He hecho la misma pregunta a todas mis amigas, que no son muchas, pero sí suficientes, y todas compartimos un recuerdo que hemos normalizado como parte del protocolo de bienvenida a un mundo lleno de violencia.
No solemos llamarlo «abuso sexual», aunque sí lo es. No solemos acudir a las autoridades para denunciar lo ocurrido, aunque deberíamos. Algunas incluso me lo han contado entre risas, aunque imaginarlas atravesar aquel episodio cuando eran sólo unas niñas me provoca más lágrimas que risas.
Puede ser el hombre al fondo del autobús que se masturba mientras mira con insistencia tus piernas bajo la falda de colegiala. O aquel que se roza contigo en el metro atestado de pasajeros y no sabes si aquello que sientes es su cuerpo o tu lapicera. O el que conduce un auto y te llama desde la ventanilla para que te acerques y mires cómo está a punto de eyacular. O ese primo al que no has visto en años y que, al reencontrarse, no deja de mirarte los pechos y aprovecha cada abrazo para tallar su entrepierna contra ti.
La primera vez que vi el pene de un hombre fue contra mi voluntad. La primera vez que sentí una erección contra mi cuerpo, también. Y no soy la única.
La escritora Belén López Peiró padeció una de las manifestaciones más crueles y violentas de esos abusos. Podrían minimizarlo diciendo que ella regresaba a la casa del abusador cada verano, que podía defenderse si quería, que pudo ser peor. Porque siempre puede ser peor. En el mundo se asesina a ciento treinta y siete mujeres cada veinticuatro horas. Eso, sin embargo, no significa que las violencias cotidianas sean menores ni que debamos dejarlas pasar porque tuvieron a bien dejarnos vivas.
Belén tuvo la enorme valentía de denunciar a su agresor, quien, para sorpresa de nadie, es su propio familiar. Su libro, Por qué volvías cada verano, publicado en 2020 por Editorial Las Afueras, hace un minucioso ejercicio de revisión del archivo judicial, de su propia denuncia y de los testimonios de aquel grupo de personas al que llamaba familia.
En apenas ciento treinta y cinco páginas, Belén desata frases breves y punzantes que se hincan como estacas.Cuando habla de su familia, escribe: «Para mí la gente no hace lo que puede, hace lo que quiere. Para mí, mi familia no hizo lo que pudo con esta situación. No. Para mí ellos eligieron hacerse los pelotudos, eligieron mirar para otro lado. Se cagaron en mí. Hacer como si nada pasara es respaldarlo. Es ser complaciente con una bestia, condescendiente, es aceptar y promover las brutalidades de un hombre que cree que puede tomar prestada la niñez de una mujer y destrozarla».
Y cuando habla de las palabras que usamos para nombrar lo que ocurre, desafía cada etiqueta: «Hasta cuando les ponen nombre te cogen. Llamarlos a ellos abusadores es hacerles un favor. Es reducir su locura, su perversión, una minúscula muestra de negligencia. Es ponerles una etiqueta presentable a psicópatas».
La última página sólo tiene una pregunta. «Y, decime, ¿qué se siente al ser abusada? No hay respuesta y no hace falta».
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¿Te gustaría que nos reuniéramos a conversar sobre este libro? Podemos invitar también a Belén y compartir lo que hemos descubierto con su escritura.
Es literatura, es no ficción; un acercamiento brutal y honesto a una de las etapas más feroces de la experiencia de ser mujer. Somos vulnerables porque fuimos educadas para no incomodar, porque no sabemos exactamente qué significa aquello que nos ha ocurrido, porque siempre sentimos vergüenza y una culpabilidad que sólo puedo explicar como el más amargo legado del catolicismo.
Vulnerables porque el cuerpo cambia más rápido que la mente, y se desarrolla con más presteza que nuestras herramientas de defensa. A veces no tenemos ninguna; y no es el cuerpo quien provoca la violencia, es la mirada masculina que nos hace daño desde la primera vez que nos toca.
Por qué volvías cada verano es una sacudida, un temblor que remueve recuerdos que preferiríamos eliminar del todo, pero que hoy, con la calma que sólo da el tiempo, podemos enfrentarlos.
Comparte con El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, la multitud de voces, la búsqueda de justicia, la documentación, el retrato de un sistema diseñado para no escucharnos, donde la violencia no se narra como una tragedia externa sino como un territorio íntimo que la escritura devuelve a quien lo vivió. Son libros que funcionan como armas y como espejos, y que quisiera repartir en un kit de sobrevivencia a cada mujer a la que quiero.
No es una lectura para despertar viejos demonios, sino para reconocer lo que nos hizo daño y arrebatarle el poder que habíamos cedido. No para buscar una revancha, sino para asegurarnos de que nunca más se repita. No en nosotras, no en nuestras amigas, no en ninguna niña jamás.
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