Los mi(ni)sterios: tres revelaciones sobre la vida y el metro
Parece cuento, pero todo lo aquí relatado sucedió —aunque en distintos momentos— en la estación Nuevos Ministerios del metro de Madrid. Aunque bien puede ocurrir en el subterráneo de cualquier ciudad si te das el tiempo de observar.
El metro de Madrid va en sentido contrario. Si te diriges al norte debes tomar el andén izquierdo. Cuando tengas las vías de frente, el tren llegará por tu derecha. No tiene sentido. Quizá un británico lo entendería, por lo de sus coches y eso, pero hasta ellos usan la lógica mundial en su famosísimo Underground. Estoy seguro de que es peligro de muerte. Uno se asoma hacia el túnel esperando que venga por la izquierda, como en México, y ¡pum!, impacto en la nuca. Entonces, eso, siempre por la derecha y nunca asomarse al túnel. Mejor corroborar en el reloj en cuánto tiempo llega otro tren y esperarlo en una de las banquitas. Así el único riesgo que se corre es el de enamorarse.
Me pasó una vez. Levanté la vista hacia el otro andén y exactamente enfrente estaba ella, toda en negro, con sus botas cortas, el pantalón al tobillo, la camisa fajada y cerrada hasta el cuello, y una elegantísima gabardina. El fleco a las cejas, las cejas delgadas, con sus ojos grandes, verdes, verdísimos. Un pequeño lunar en la mejilla izquierda y otro arribita del labio, al lado derecho. Boca como de balconcito.
Mi(ni)sterio I: El amor termina antes de empezar.
Juro que me levanté. Me asomé al reloj de enfrente. Dos minutos. Daría tiempo de subir las escaleras, correr por el pasillo hacia el otro andén, bajar las escaleras y decir algo, decir algo contundente, algo por lo que ella decidiría perder el tren, dar el beneficio de la duda durante cuatro minutos más y cuando rechinen de nuevo las vías dirá si vale la pena invertir otros cuatro minutos o, ahora sí, subir al vagón.
Contundente. Sí. O quizá debía jugar la carta del turista, hacerme el perdido, pero no mucho. No un turista de camisa hawaiana, sino el que conoce el mundo, el que se mueve con independencia, al que le da lo mismo sentarse solo en un bar o platicar con el de junto, el que nunca pediría ayuda, pero esta vez tuvo una distracción fugaz, un error mínimo, insignificante, como equivocar el andén por haber venido con la mirada pegada al celular. No, a un libro. Sí, un libro y además rarísimo.
Un minuto. Y yo que creía que pensaba rapidísimo. Aún daría tiempo. Dos escaleras, un pasillo y chingue a su madre, la carta del mexicano.
A los mexicanos agüevo que nos quieren en España. Nadie en el mundo como nosotros pa’ adular y chingar al mismo tiempo, pa’ sobajarnos y pendejear al mismo tiempo. Qué bonito tienen aquí el metro, no como en México donde todo huele a meados; pero pues cómo no, con lo que les cobran… ¿por qué no viven aquí en vez de pagar renta si les sale en lo mismo?
¡Pendejo!, ¡pendejo!, ¡pendejo! Chirriaron las vías y ella se subió al vagón. Adiós, mi amor, el tren dispuso que sigas comiendo garbanzos en Navidad y no un pinche pozole bien vergas. Pero no, ni madres, cámbiate de andén, súbete al metro y búscala. Bocas así no se ven siempre, ha de besar cabrón. Puta, y esos ojos, imagínatelos abriendo lento, lento, regalándote su brillo cuando se separan los labios y le sueltas las mejillas. ¿Y luego qué chingados? ¿Pa’ dónde le jalo? Tiene cara de Antón Martín; igual y gano tiempo en el transbordo.
"Adiós, mi amor, el tren dispuso que sigas comiendo garbanzos en Navidad y no un pinche pozole bien vergas"
Mi(ni)sterio II: La belleza se esconde en el contexto.
El metro de Madrid va al revés, ya dijimos. Siempre que se cambia de dirección hay que recordar de qué lado llegaría el madrazo. Ahora el izquierdo; es mejor sentarse en la banquita.
Esperaba ansioso el otro tren cuando de las escaleras contrarias bajó una ópera; «Torero quiero ser». ¡Olé! ¡Qué voz, maestro, y qué reverberación! ¡Qué acústica la del metro de Madrid! Apareció el tenor por la izquierda. No llevaba esmoquin ni frac, sino su propio traje de gala. Con una boina deshilachada se aferraba a cubrir lo que quedaba de ese delgado y mínimo pelo blanco. Un suéter azul largo y agujereado cubría una playera a rayas que a su vez contenía una protuberante barriga, o lo intentaba. Pants holgados y pantuflas o lo que quedara de ellas. Además de cantar, el artista tocaba unas castañuelas —invisibles— y bailaba, si no es que levitaba. Una pirueta por aquí, otra por acá. Nos sonreía a todos los del lado contrario. Cada uno de nosotros se sentía visto aun cuando sus ojos se posaran menos de un segundo en los nuestros. Su escenario era el andén y su trazo acabaría en las escaleras del fondo, pero antes, en medio, una faena. ¡Con qué delicadeza llevó el capote de izquierda a derecha! Casi se podía ver. Una pincelada. ¡Olé, maestro!
«¡Qué espectáculos tienen aquí en Madrid!», le diría a la chica del fleco a las cejas, cejas delgadas. Ya viendo la oferta cultural del metro, el pasaje no sale tan caro. Hasta un museo tienen entre las vías.
Una vez, de camino a la Puerta del Sol veía por la ventana y de pronto apareció una figura humana sin rostro, pero con uniforme. Pensé que ya había valido madres. Uno nunca sabe si un túnel de metro termina en una nueva dimensión. Por suerte a mi lado viajaba un tipo todavía más raro que el mismo muñeco de Chamberí, quien me regresó a la subtierra con un comentario a su acompañante: «Este museo se inauguró para celebrar la fundación del metro en 1919». ¿Qué subnormal conoce esos datos? Si ese es el estándar de las conversaciones en el metro de Madrid estoy jodido con la chica toda en negro.
Tendría que echar la carne al asador y contarle que en México tenemos gente que carga vidrios en playeras que abre a mitad del vagón para recostarse sobre ellos: «No hay truco, te lo prometo, se les ven las cicatrices en las espalda y el pecho. Y hace años, antes de YouTube y Spotify, existían los bocineros, que eran vendedores de discos piratas y USB con más de 300 hits que reproducían en enormes bocinas colgadas a la espalda, como mochilas, que además tenían luces. ¡Imagínate un antro dentro del vagón!»
Mi(ni)sterio III: Si algo va, tiene que volver.
Y como sucede siempre que uno espera que pase algo —la llamada confirmando que el empleo es tuyo, que sí te dieron la beca, que tu madre venció el cáncer–, los minutos se alargaron hasta la eternidad. El tren no pasaba y entre más corría el tiempo, más probabilidades tenía de perder a la chica Antón Martín.

Hice cálculos. Siete estaciones hacia el barrio de Las Letras, en caso de que no se siguiera derecho o transbordara en las líneas 2, 3 o 5. A mi lado alguien gritaba: «¡Gilipollas!». Y alguien respondía: «¡Gilipollas tú!».
Un niño de unos cinco años se le ponía al tú por tú a la mamá, o al revés. El papá viendo al techo con un porrito nuevo en la mano. Tan high en el under. Los otros cuatro hermanos, todos rubios, acostados en el piso y en las banquitas. El de cinco se alejó de la familia y se puso a llorar. La mamá con aretes de pluma le gritó que se acercara.
–No.
–Que ya viene el tren.
–No.
–Me estás calentando.
–No.
–Déjate de gilipolleces, hijo.
–Gilipollas tú.
–¡La puta que te parió!
Llegó el tren, la madre fue por el niño y lo guio del cuello como a un cachorro. Los hermanos y el papá, todos con mohicano, ya en el vagón. Pensé que la familia viviría en alguna de estas estaciones ahorrándose la renta. Había pasado ya mucho tiempo, no alcanzaría a la de la elegantísima gabardina, así que decidí esperarla del otro lado. Sí iba, tendría que volver. O quizá ya había vuelto. Y pensé que igual se está bien aquí, sólo hay que estar atento a qué lado viene el tren.
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