Cantinas en Mérida: crónicas de resistencia I
En el histórico Estado Seco, Fausto Fuentes, artista callejero, y Eder Polanco, el cantinero, resisten a su manera la gentrificación en el centro histórico de Mérida, Yucatán. Esta es la primera de tres crónicas sobre las cantinas tradicionales que se niegan a desaparecer.
Primer acto. Un periodista y un artista entran a una cantina
Veo la sonrisa desdentada de Fausto Fuentes. Me ayuda a insertar una moneda en la rocola de la cantina Estado Seco y a seleccionar su canción favorita: "Gimme Shelter", cantada por los Rolling Stones y Lady Gaga. Son las siete de la noche del jueves 30 de abril de 2026 en Mérida, Yucatán. Afuera se sienten veintiocho grados.
—¡Puta, cabrón! —grita Fausto, artista de sesenta y ocho años que vive en condición de calle, mientras agita las manos y levanta las piernas en una marcha divertida y fugaz. —¡Qué padrote, cabrón! —Mick Jagger canta Ooh, a storm is threatening cuando Fausto saca la cáscara de limón del gollete de una caguama Carta Clara. Se sirve un vaso que suda de frío y lo acerca—: ¡Saluuud, cabróoon!
El Estado Seco es su tercer lugar. Todos lo conocen. Aquí no "afea" la vista de los espacios instagrameables; no asusta a los extranjeros que buscan una falsa experiencia inmersiva construida desde una autenticidad de cartón. Este es uno de los sitios, ahora en extinción, donde puede relajarse lejos de los prejuicios y los precios exorbitados. Fausto se siente como en su sala de estar: cómodo y feliz en la disputada zona de la ciudad que hoy expulsa la diferencia para vender exclusividad.

Vengo a esta cantina desde hace años; aquí he convivido con amigos, colegas y familiares, he organizado lecturas de periodismo y cantado a gritos. Nunca cambia y me siento parte. Pienso que el Estado Seco cumple con las características de un espacio en resistencia, más en una calle en la que afloran boutiques, restaurantes gourmet y galleries, donde resulta difícil encontrar a una persona local. Fundada en 1935, ha pasado por diferentes propietarios sin perder las condiciones necesarias, en un equilibrio que no cede ni a la modernización ni al turismo: ofrece cerveza fría, botanas yucatecas y parroquianos históricos. La única actualización es que se puede entrar a YouTube desde la rocola.
Eder Polanco, el cantinero, es amigo mío. Un experto en cumbia y psicólogo sin título que, de miércoles a domingo, escucha anécdotas con diferentes niveles de tragedia, alegría y ficción. A veces me pregunto cómo soporta convivir con tanta gente, pero su principal cualidad es la conversación. Hablo con él sobre las problemáticas del centro de Mérida. Todo es más caro. Los extranjeros abarrotan lugares a los que antes iban nuestros abuelos. Como si fueran animales prehistóricos, me narra sus experiencias en sitios extintos que no visité por mi contexto generacional.
Fausto se siente como en su sala de estar: cómodo y feliz en la disputada zona de la ciudad que hoy expulsa la diferencia para vender exclusividad.
Detesto la personificación de los espacios, pero el Estado Seco es como un anciano sabio y bonachón a quien no le interesa impresionar a nadie, que desconoce la importancia de las redes sociales y no habla inglés. Un terco frente a la modernidad. Lleva el rostro surcado de arrugas y cicatrices; se mantiene de pie, pleno en su dignidad, mientras el barrio donde nació sufre los embates que expulsan a sus vecinos hacia la periferia.

Tras abrir con ímpetu las puertas vaqueras, Fausto llega todos los días a esta cantina sobre la Calle 66 en el centro de Mérida, una de las pocas que aún le dan servicio sin juzgar su aspecto de ropa desgarbada o el radio gigante que cuelga de su cuello enjuto y bronceado. Lleva las uñas esmaltadas de color verde jade y anillos hechizos de alambre. Manos osteoporóticas, con dedos que se tuercen como ramas. Si está de mal humor, se acoda en la barra, bebe en silencio y se va; si está de buen humor y reconoce gente al llegar, inicia el ritual y pasa de mesa en mesa, saluda y luego mete sus monedas en la rocola, se sienta en una periquera, bebe una Carta Clara o una Victoria y mira los videos musicales que se transmiten en un pequeño televisor colgado de la pared. Sonríe, levanta la botella, aplaude.
Sólo dos establecimientos —Estado Seco y Excelsior Bar, sobre la Calle 45— le permiten la entrada y exponen los cuadros que él mismo les regaló. Fausto es noble, aunque le cuesta reconocerlo. Al verme, pregunta por mi trabajo, palmea mi espalda y estrecha mi mano cuando un comentario le divierte —su risa es abierta y estruendosa—, incluso me ofrece poner una canción. “Los escritores son gente chingona que dice cosas interesantes”, repite cada vez que me ve.
Por lo general, Fausto retrata mujeres delgadas y rubias similares a Lady Gaga. Son acuarelas con tonalidades grises, amarillas y carmesíes sobre cartones reciclados. El cuadro apoyado en la repisa muestra a Lady Gaga a punto de cruzar la meta de una carrera. Su pierna alargada al estilo de Dalí está por tocar la línea de llegada que dice “Estado Seco”. Un homenaje a su lugar seguro. Él nunca lo reconocerá porque se considera un hombre de la vieja escuela que no expresa sus emociones. Cuando le pregunto sobre la importancia que este espacio tiene en su vida dice que es “tranquilo”, y que conoce sitios “más padrotes”.
Ahora, viéndolo recorrer la cantina ante la mirada divertida de los parroquianos —entre ellos Carlos, un tabasqueño que habla sobre marxismo, Gramsci, su hija, la serie 31 minutos, y la relación del movimiento laborista con The Smiths— entiendo que Fausto asume que él es Lady Gaga: un personaje extrovertido, curioso, quizá genial.
“Fausto es una forma de medir el acceso que aún se permite en las cantinas tradicionales”, me explica Eder Polanco, el cantinero. “Las cantinas que resisten son una forma de identidad, de defensa de un territorio propio. Es como un barómetro social”.

Gracias a una barra horizontal, el Estado Seco permite que un tabasqueño intelectual, un artista vagabundo y yo dialoguemos al mismo nivel. Salvo en esta cantina, tal vez nunca volvamos a encontrarnos. No nos importa. Además de la cerveza fría, se mantiene la resistencia con la posibilidad del encuentro fortuito. Arropados en la ternura barrial que la gentrificación amenaza, sabemos que este espacio también nos pertenece.
Un parroquiano más se suma a la conversación: es un vendedor de colchones. Le pregunto por qué viene y responde que siempre, al salir del trabajo, va a una cantina, se detiene frente a la barra —donde aún es posible — y conversa con desconocidos. Eso lo tranquiliza antes de llegar a casa. Brindamos. Luego Eder nos invita una caguama de Corona Light y dice: “El cliente que viene al Estado Seco sí tiene un sentido de pertenencia. Quizá hay una idea popular, de los pueblos, que aquí existe: el tiempo se extiende, el tiempo parece eterno y uno puede estar horas sentado en la puerta de su casa sin hacer nada, como en esta barra, pero eso es suficiente para estar en paz, para vivir. Es un lugar en el que uno se puede permitir estar sin la necesidad de figurar, de competir, de mostrar que eres más. En Estado Seco, pienso ahora, la gente siente que pueden ser ellos mismos”.
El Estado Seco es un lugar en el que uno se puede permitir estar sin la necesidad de figurar, de competir, de mostrar que eres más.
En el techo, frente a la barra, justo sobre el cuadro de Fausto, sobresale la marca de un disparo. La historia que ha trascendido es que, en la década de los noventa, un policía lo soltó por error. En esa época, la entonces propietaria, doña Jackie, una de las primeras mujeres en dirigir un negocio cantinero, abrió las puertas del local a toda la clientela, incluidas las mujeres y la comunidad LGBTQ+. El dueño anterior, un excomandante, nunca lo habría permitido. Pero Jackie hizo lo posible por mantener a sus clientes policías; incluso conservó el que es hoy su trago emblemático, "Lince", que tomó su nombre de un escuadrón de oficiales motorizados.
Jackie fue un hito en el contexto cantinero del barrio. Antes de su administración, el Estado Seco estaba consignado como una cantina para “tiras”. Una nota de Herbert Escalante publicada en Haz Ruido repasa la historia de la cantina a través de tres momentos emblemáticos en sus casi cien años de existencia: cuando fue una tienda de miscelánea y marcaba el límite de la ciudad de Mérida, cuando “la Tía Jackie” lo transformó en un espacio seguro para mujeres y cuando, a principios de los dos mil, era muy frecuentada por estudiantes, principalmente de la Facultad de Antropología de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY).
El comunicólogo Loren Plácido, de 46 años, es creador del tour de cantinas y socio de Estado Seco. Creció en la Calle 55 del barrio de Santiago, cerca del Bar Chemas, según él, la primera cantina que permitió la entrada a mujeres en Latinoamérica. Me cuenta que el disparo pasó cerca de un parroquiano que departía frente a la barra; por más de 20 años se sentó en el mismo sitio, su “lugar de la suerte”, hasta que falleció. Cuenta:
“Ahí está la historia, en el balazo, ese hueco que ves en el techo... Un poli... Ese día estaban festejando que a uno lo subieron de puesto. Doña Jackie les decía que 'sin pistolas', pero ese día les dio chance. El policía sacó el arma para checarla y la cargó. Al final, cuando se la devolvieron, quiso revisarla de nuevo y, ¡pa!, se disparó. Al vecino que estaba sentado ahí le pasó la bala al ladito...'Acá la escuché', dijo el señor”.
Para Loren, el tour de cantinas es un manifiesto: “Una vez que conoces los espacios y los apropias, vas a querer regresar. Ya tiene un sentido, un porqué, un valor. Desde lo underground, desde lo barrial, igual le puedes pegar a la sociedad”.
La actividad busca atraer al público local: jóvenes yucatecos que mapean su ciudad, la vuelven propia y construyen una historia afectiva. Una trinchera para sentir que este suelo, cada vez más arrebatado, les pertenece.

"Antes las cantinas eran temas barriales, casi de pandillas para defender un territorio", recuerda Eder, mientras Fausto va de mesa en mesa saludando y sonriendo. "La gente se aferraba a sus espacios. Ahora el centro cambió mucho; por los precios, por los sitios vendidos, han dejado de acudir los clientes habituales. Cada cantina tradicional es un ecosistema con diferentes comportamientos y clientes. Algunas aún se enfocan en la gente local. Otras se enfocan en los gringos o crean una oferta que no es tradicional. Cierto es que se ha vuelto menos accesible y los precios aquí, en el centro, son más caros. La gentrificación es como una piedra en el agua: crea ondas. Yo vivo en Polígono 108, por el oriente, y las rentas ya subieron. Viéndolo así, definitivamente vivir en el centro no es para ningún yucateco", dice.
El Estado Seco se sostiene de las ventas del Grupo Corona, el verdadero propietario del sitio. Las paredes descarapeladas son evidencia de sus más de 90 años de existencia. Aparte de Eder, que atiende la barra, sólo hay otras dos empleadas: doña Ale, encargada de las botanas y los alimentos que se preparan pasadas las cinco de la tarde —la regla cantinera de Yucatán es que después de las cinco "no hay botanas"— y Joss, una mesera venezolana que llegó a México tras cruzar el Tapón del Darién, una de las selvas más peligrosas del mundo.
Las cantinas que resisten, o las que sobreviven, se enfrentan a la gentrificación y el encarecimiento de la vida, en una Mérida que se ha desarrollado en los últimos años a expensas del turismo. Aquí, los políticos enarbolan el inglés y el elitismo con festivales culturales como Mérida Fest y La Noche Blanca. ¿Cuáles son los efectos? Un recorrido rápido por el centro da cuenta de decenas de negocios nuevos con letreros y menús en inglés, de autor; boutiques y galleries con precios descabellados; mezcal mixology y rentas imposibles. Es una vida ilusoria para la gente local que ha sido desplazada. Las paredes lo ratifican con grafitis de protesta, como "Malditas rentas" o "Gringo vete alv". Este último, sobre la Calle 62, se volvió viral porque los gringos se tomaban fotos frente a él levantando el dedo medio.
Los precios suben y para marzo de 2026 en Yucatán la pobreza laboral incrementó 28%. Una serie de especialistas ha señalado los efectos del desplazamiento de la gente originaria. Los pequeños comercios han sido obligados a cerrar o a vender, advirtió Luis Enrique Contreras Ramírez, representante de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo en Pequeño (Canacope). El poder adquisitivo de un sector muy concreto de la población está reestructurando el centro y despojando a la gente local de su identidad y cultura, una dinámica que está siendo analizada y que ha sido rechazada con diversas manifestaciones.
De acuerdo con el estudio “Transformaciones socioespaciales al noroeste del centro histórico de la ciudad de Mérida. Turistificación, recreational turn y gentrificación” escrito por Claudia Dávila y Ricardo López, la gentrificación en Mérida se originó en 2006 gracias al impulso de los políticos e inversionistas; es decir, fue una propuesta a largo plazo con efectos devastadores en la actualidad. Publicada en 2021, la investigación consigna que aún falta investigar "la exclusión social que pudiera existir en la zona de estudio, como resultado de las diferencias de clase entre los nuevos residentes —en su mayoría extranjeros de clase media— y los antiguos habitantes yucatecos ".
El poder adquisitivo de un sector muy concreto de la población está reestructurando el centro y despojando a la gente local de su identidad y cultura.
La gentrificación es el resultado de un fenómeno multifactorial. La proliferación de alojamientos de Airbnb, aunada a la especulación con los precios de la tierra y la burbuja inmobiliaria, provocan que para la mayoría de los yucatecos sea imposible competir con el capital extranjero. Cientos de zonas codiciadas, con aumentos de precios, ya sólo pueden ser habitadas por la gente que no es local. Al compás, emergen problemas de infraestructura y transporte. Los pobladores son desplazados, mientras cientos de casas y terrenos permanecen deshabitados porque su único fin es la especulación. Así se forman cinturones de miseria en el sur, donde quienes antes podían costearse una renta, ahora se ven obligados a invadir predios, a sobrevivir sin servicios básicos, sin la garantía tener un espacio propio en el futuro.
Fausto Fuentes declara que a él le gustan los gringos y los extranjeros en general (aún más las gringas y las extranjeras en general) porque son personas "padrotas" con un amplio conocimiento del mundo. Cuando Fausto ocupa un espacio en el centro de la ciudad, es a salto de mata o como velador. Como empleado del estacionamiento del restaurante Manjar Blanco, le es imposible rentar un departamento y mucho menos comprar una casa. Antes trabajó en Tulum ofreciendo recorridos. "Mi abuela era maya. Recuerdo que yo me mecía en la hamaca y escuchaba sus historias. Historias chingonas, chingonas, cabrón. Cuando trabajé en el turismo de allá, de pronto me inventaba cosas por ella y porque estudié leyendas y esas mamadas. Les decía a los extranjeros: ‘Págame tanto, te llevo a la playa de noche y te cuento lo que decían los mayas de las estrellas’. Se lo creían los pendejos".
En julio de 2025, en el Centro Lignum, una cafetería y espacio cultural, se reunieron vecinos, artistas e investigadores para reflexionar sobre los impactos de la gentrificación, según reza una nota del Diario de Yucatán. Ahí Gabriel Pérez, codirector de Lignum, advirtió que esto ha sucedido en otros estados de México y ha afectado los lazos sociales y culturales. Concretamente, en Mérida hay un proceso de más de diez o quince años de inversiones diseñadas para grupos con capital social. Los efectos inmediatos han sido la pérdida del sentido de comunidad, el encarecimiento de las rentas y de la vida; y el desplazamiento de las personas locales a la periferia de la ciudad, lo que los aleja de sus trabajos y antiguas vecindades. Algunos sectores empresariales han exigido la regulación de los Airbnb (tan sólo en la ciudad hay más de 5000 alojamientos). Las casas se identifican por la caja de seguridad en la puerta.
El periodista y cineasta Alejandro Cárdenas, autor de al menos dos documentales sobre Yucatán, vive justo frente al parque de Santana —en cuyo mercado un litro de agua de chaya cuesta 90 pesos, un precio aún mayor del que ofrecen los supermercados— y asegura que no tiene vecinos porque las propiedades aledañas se rentan mediante Airbnb. Algunas son irregulares, pero no pagan multas. "Es una dinámica extraña la de no tener vecinos, dice. "Eso sí: nadie se queja de la música".

Recorro con Eder las cantinas que rodean los mercados centrales de Mérida. Una rótula entre Lucas de Gálvez y San Benito cargada de olores: pescado, frutas, flores marchitas, sudor, frituras. Hay tránsito constante de gente que va y viene de los 106 municipios de Yucatán. Hace una semana me reveló su incursión como espía para recabar detalles: "La neta voy como mystery shopper para ver qué pasa en lo popular, o sea, en las cantinas más del mercado, más más del mercado. Escuchar qué es qué: qué música está sonando, qué botanas se están comiendo". Este 4 de mayo nos vemos a mediodía frente a una torre de huacales.
—Aunque están todas dentro y alrededor del mercado, ¿notas las diferencias? Las chelas son las mismas, las botanas también —le digo, y reparo en que Eder vino camuflado. Cangurera, gorra, tenis. Con los tatuajes (en especial uno en el centro del cuello que significa "Fe"), parece un vendedor más. Yo llevo botas, pantalón de mezclilla y una mochila gigante.
—Cada cantina es un universo en sí mismo y, aunque hay características compartidas, cada una es un espectro diferente del ecosistema de cantinas. La cuestión es que las conozcas bien para entender sus dinámicas.
Afuera, escrito con gis blanco sobre una puerta de metal corrediza, se anuncia: "La basurita, cervezas en 25 pesos". Es una cantina diminuta empotrada en una casa amarilla, aparentemente abandonada. Enfrente hay un desnivel que lleva a los abismos subterráneos del mercado San Benito. En La Basurita tienes un pie afuera y otro adentro, y es atendida por Chabelita, una exfichera de El Gran Chaparral, otra cantina del mismo dueño y que está a cinco minutos caminando.
Chabelita nos dice que La Basurita abre al mediodía y que a las seis ya está abarrotada. Tras unos minutos llegan dos parroquianos, trabajadores del mercado. Sin confundirse, Chabelita sirve a cada uno una porción de sus caguamas Montejo que compraron en diferentes momentos. Uno, con la camisa abierta hasta la mitad del pecho, me señala. Le bastaron dos minutos de conversación para definirme como el extranjero:
—Noooo, chavo; si estás recorriendo cantinas, así como te ves de nene, no te recomiendo ir a Parroquianos, ahí te asaltan luego de las seis de la tarde. ¡Ay te violan, nene!
—Pero La Atómica está a toda madre— dice su acompañante vestido con short y camiseta sport blanca. Su esclerótica está ensangrentada, quizá a causa de un golpe.
—¿Y el Gordo? —pregunta a Chabelita el de la camisa abierta, mientras ella devora con las manos algo parecido a un hígado hervido en un tazón azul. El tipo parece un vendedor. Noto que Chabelita lleva un tatuaje de la Santa Muerte en su hombro.
—Está crudo y no vino hoy. Ayer estaba bien pedo.
Chabelita nos recomienda ir a El Gran Chaparral, la otra cantina de la que es dueño su jefe, ese famoso Gordo. Nos da el nombre de un mesero: "Una loca" —dice—, "que seguro se va a enamorar de ti". Eder y yo brindamos con nuestras cervezas Barrilito y nos vamos a La Boya, a dos calles y casi dentro del mercado San Benito. A través del enrejado pueden verse los puestos de ropa de paca, rasuradoras, calcetines, y la gente cruzando con sabucanes.
Finalmente entiendo por qué Eder recorre las cantinas. Él creció en el centro, las conoce todas. Mientras bebemos, insiste en la importancia de la identidad y el acceso democrático. "Pienso que la identidad cultural es el arma contra la gentrificación", reflexiona. Narra los recuerdos de su niñez y adolescencia, cuando las cantinas se defendían a "putazos" y las mujeres no entraban. Fausto también lo mencionó: "Había pedos entre las cantinas y entre los barrios. Si eras de Santana e ibas a Santiago, te decían: ‘Lárguense o les damos en la madre’. Es como en Ciudad de México: si no eres de Tepito, te sacan; si no eres de Iztapalapa, te sacan".
Bajo la barra el aserrín alfombraba el suelo por si los clientes vomitaban o se orinaban. El olor era una mezcla permanente de aromatizante de limón y podredumbre. Según Loren, un par de décadas atrás, ir al centro estaba mal visto. Se iba a cantinas sórdidas, "de mala muerte", donde había ficheras o se compraban y consumían drogas. La mirada del conservadurismo yucateco, la de esas mismas élites que ahora invierten en propiedades céntricas para revenderlas en millones de pesos, o que “regresan a las casas de sus abuelos”, dictaba que “no había nada bueno en el centro”.
En La Basurita, considerada una de las dos cantinas más pequeñas de México, sólo permanecen los taquetes donde antes estuvo la rocola, la huella del cadáver musical. Días antes, Eder me dijo que al menos cuatro empresas rentan rocolas a las cantinas. Hoy, en La Boya —este sitio pintado de rosa con una barra en forma de L— donde sirven de botana pasta fría, sikilpak e higadillos en platitos color beige, Eder depositó 30 pesos para calibrar las reacciones del público.
"Esto para mí es un medidor de qué funciona en la cumbia", dice Eder frente a la rocola mientras sostiene una montaña de monedas de cinco pesos. "Así decido qué llevar a Estado Seco. Es un baño de pueblo".
La mirada del conservadurismo yucateco, la de esas mismas élites que ahora invierten en propiedades céntricas para revenderlas en millones de pesos, dictaba que “no había nada bueno en el centro”.
El primer acercamiento de Eder a las cantinas fue en su adolescencia, pues creció muy cerca, en la colonia Industrial. Su padre pintaba casas y negocios; él lo apoyaba durante las vacaciones escolares. Algunos contratistas les pagaban en cantinas, principalmente en El Gallito —gentrificado para algunos— y en El Brindis —situada en el icónico barrio del Chembech—. La primera ha tenido un incremento considerable en los precios de sus cervezas y en la sofisticación de la botana. Mientras estudiaba la universidad entre 2014 y 2018, asistía con regularidad. Un español malencarado, pero divertido, atendía la barra y podía darte guisos completos como si fueran botanas. Lo único que sobrevive de esa época es un collage de fotos macilentas colgado en una columna blanca junto a la barra.
"Esta rola que voy a poner, hace unos años, sonaba día y noche en el mercado". Eder sonríe como un niño travieso: "¡Es una joya!"
La canción es RIKITITRIKI TRIQUI TITRIKI, de Los Karkik's. Un hombre en silla de ruedas repite el estribillo mientras lo desplazan en un triciclo. Toda la canción es, durante casi cinco minutos: "Rikiti-tiqui, por los rincones/Tiene pelitos y tiene tacones/Rikiti-tiqui, por los rincones/Tiene pelitos y tiene tacones ". Y en su clímax: "Raka, tata-ka, tataka, tata/Raka, tata-ka, tataka, tata/Raka, tata-ka, tataka, taka, raka-raka-raka".
No pasan ni diez segundos para que levante el ánimo de los parroquianos, incluso el de las ficheras, quienes a esta hora de la tarde diversifican su negocio por la falta de clientes: se acercan a las mesas a vender quesitos de La Vaca que Ríe, cacahuates y palanquetas.
—La gente se ve realmente emocionada —digo, y fondeo una media de XX.
—Es lo que te comentaba: las cantinas más de barrio, más originales, pueden resistir más a la gentrificación porque tienen estos códigos de identidad en el que una persona se apropia del espacio, lo siente suyo y lo defiende. Vas al lugar y dices: 'Verga, güey. Es que está de la verga el servicio, pero no mames, tienen unas tortas, güey…'. O sabes, te tratan de la patada, pero su cerveza está bien fría siempre y su botana está chida. Y dices 'vamos, no hay pedo', ¿no? Siempre hay como que esa dicotomía. Eso es lo que va a hacer que esta persona decida ser un parroquiano: el sentido de pertenecer más allá de las condiciones del espacio o el servicio.
Seguimos el recorrido por La Berreteaga, sobre la Calle 65, justo a la vuelta del graffiti que reza "Malditas rentas", y terminamos en El Gran Chaparral, en la Calle 54. Allí una fichera, sola en medio del salón, bebe lentamente una caguama Montejo. Su gollete está tapado con una servilleta blanca. Conversa con algunos parroquianos. Se ve aburrida. Poco después entra un hombre con máscara de luchador, con la boca manchada de una sustancia gris. Está drogado; pasa de mesa en mesa, pide dinero y baila las canciones que Eder pone en la rocola. Suena "El taxista" de los Dinnos Aurios. Chabelita nos informó que dentro de poco El Gran Chaparral se transformará en bar gay nocturno para ampliar su oferta de mercado. Por lo visto, el turismo les da igual.
—Supongo que aquí no llegan los gringos —le comento a Eder. La botana que nos dieron es xec (término maya para “revuelto” o “revoltijo”), una mezcla de cítricos, jícama picada, sal y chile en polvo.
—Difícilmente los verás aquí por las condiciones del espacio, del baño; y porque no es un espacio que tenga esos rasgos de oferta turística —contesta. Hace unos minutos, cuando el fotógrafo quiso entrar al baño, un parroquiano le dijo: "A poco la tienes tan grande como para tener que cerrar". Eder sigue—: En el caso del Estado Seco los turistas nutren el sitio cuando el parroquiano local no está. Hay temporadas, como las vacaciones, con mucha afluencia de turistas, tanto nacionales como extranjeros. Ahí, con nosotros, de pronto encontrarás turistas, pero aquí es casi imposible.
Perderíamos ese maravilloso refugio para la clase trabajadora. Perderíamos la epifanía del encuentro fortuito y ese tiempo lento en donde la vida deja por un instante de medirse en divisas y consumo superficial.
Visitamos otras cantinas. Algunas más crudas y vivas. Mientras recorro el centro pienso en lo que ha dicho Eder. Tiene razón. El parroquiano no defiende la estética, sino la posibilidad de una tregua al trajín cotidiano y a que el tiempo se dilate sin el peso tortuoso de las dificultades de la modernidad. ¿Qué pasaría si desaparecen La Basurita, Estado Seco, La Berreteaga, La Boya? Perderíamos ese maravilloso refugio para la clase trabajadora en donde un tabasqueño intelectual, un artista vagabundo, un vendedor de colchones y yo estamos al mismo nivel. Perderíamos la epifanía del encuentro fortuito y ese tiempo lento en donde la vida deja por un instante de medirse en divisas y consumo superficial.
Salimos de noche. Camino con Eder hacia un estacionamiento. Maneja un vocho rojo con calcomanías de Pokémon. Bebemos dos tecates camineras y escuchamos cumbias mientras me da un aventón. Así de animados, prometemos visitar todas las cantinas en resistencia: las del mercado, las de los barrios del centro, todas antes de que desaparezcan. Lo último que veo, mientras el vocho avanza, es el Squirtle de la calcomanía con la pata levantada, como si él también se despidiera.
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