“Here Comes the River”: una ola de sonora melancolía

Una canción que pega como marejada para atravesar las pérdidas, la nostalgia y todo lo que duele; para valorar eso que nos da vida.

“Here Comes the River”: una ola de sonora melancolía
FOTO: Enrique Navarro

Tienen los mares y los ríos un magnetismo sobre mí. Me toman de un pie y luego el otro hasta que el agua llega a los tobillos, a las rodillas o a la cintura y pienso, de pronto, en qué sería de mí si simplemente me dejara ir. ¿Qué se llevaría el oleaje? ¿Serían el miedo, los recuerdos, los dolores? Ojalá me arrastrara hasta el ocaso; en el lugar donde se funden el sol y el mar no puede haber nada que hiera, nada que angustie, nada que falte. Pero siempre termino por volver a la arena y desandar la playa. 

Eso de tocar el agua es nuevo. Desde hace mucho tiempo —quizá toda mi vida— le he temido a todo lo que pueda desbordarse: un cuerpo de agua o eso que llevo dentro. Desde un muelle a la distancia, consciente de las aguas turbias, pero sin mojarme, era como contemplaba mis emociones. Pero todo se arremolinó hasta ser incontenible. La muerte de mi madre, su eterna ausencia; todos mis enojos y todos mis rencores; las pérdidas amorosas, las de los amigos; sentirme solo, saberme solo. Todo habría de llegar de golpe cuando escuché el verso de una canción: “Nobody told you it was going to be this hard”.

Si una ola gigante golpea de lleno tu vida y arrasa con todo lo que tienes se da un momento extraño en el que, si nadas, te ahogas. Entonces debes decidir entre luchar o entregarte a lo que sea que pase, y dejar que tu cuerpo fluya. Quizá la ola te revuelque un par de veces, y será duro, pero en un punto la corriente te va a escupir. Algo así dijo Patrick Watson sobre “Here Comes the River”. Y yo le creí porque las personas que solemos romantizar todo le ponemos soundtrack a nuestras vidas, y la mía lleva su música desde hace quince años. 

"Si una ola gigante golpea de lleno tu vida y arrasa con todo lo que tienes se da un momento extraño en el que, si nadas, te ahogas. Entonces debes decidir entre luchar o entregarte a lo que sea que pase, y dejar que tu cuerpo fluya."

El compositor canadiense tiene más autoridad sobre mi formación musical y educación sentimental que ningún otro, porque, en sus nueve discos, sus canciones suenan exactamente a lo que siento y verbalizan mejor que yo los temas que me atraviesan: ¿por qué el mundo tiene que cambiar y sentirse distinto? ¿Qué define un hogar? ¿Puede uno escapar de un mal día? Sobre todo: ¿existen palabras que puedan curar el dolor? 

También le creo porque ha sufrido, amado, tocado, creado, cantado y se ha entregado con tanto amor. A la gente que tiene la valentía de andar por el mundo sin contenerse, hay que creerle. Mientras yo evitaba a toda costa películas sobre el duelo como, no sé, Un monstruo viene a verme, y apenas ensayaba mis primeras ficciones sobre las pérdidas, Patrick Watson componía un disco que más bien es un epitafio. Wave, de 2019, habla exactamente de lo que arriba he escrito. Y lo hace, además, desde la aceptación, la integración y con hermosísimas metáforas.

“Here Comes the River” cuenta que hubo una inundación; dice que las ventanas se convirtieron en peceras; las ciudades, en ríos. Y con su canción, Patrick conjuró los tantos duelos que en muy poco tiempo tuvo y que, sabiendo que no es algo que le gusta detallar, no he de repetir aquí. Pero lo acompaño cada vez que escucho la canción en mis audífonos, en el tornamesa, en sus conciertos. Porque él no lo sabe, pero su canción me ha salvado tantas veces. 

“A veces uno tiene que cantarse a sí mismo una canción de amor si no tiene a nadie que lo haga por él”, dijo alguna vez. Yo, por suerte, sí he tenido quien me la cante. Patrick me ha hecho recordar la voz de mi madre cuando el temeroso inconsciente ha intentado desprenderse de ella para que no duela más. O me devuelve la respiración cuando me asfixia la nostalgia por todas las cosas que fui y amé y que ya no están. He llorado la canción cuando Patrick la ha tocado en vivo.

La primera vez fue en un bar de la colonia Roma. Éramos menos de cincuenta personas sentadas en el piso; él, al piano. De pronto, el desasosiego empezó a ceder. Metí los pies en el agua y me llegó a las rodillas. Veía sus manos largas de pianista que es; su pelo gris enmarañado, sus ojos cerrados al alcanzar los agudos, pero, sobre todo, al alcanzar ese lugar en el que se conecta con algo que no está aquí, en este mundo.

La última vez que lo vi en el escenario, a inicios de 2026, Patrick dedicó la canción a su hermano Kris, quien había fallecido poco antes. Esa noche me conmovió hasta las lágrimas que alguien que ha sufrido tanto estuviera dispuesto, pese a las circunstancias y su vulnerabilidad, a que miles de personas sonriéramos al menos, como mínimo. Pensé que ese lugar seguramente es donde se funden el dolor y la esperanza, que quizá es el ocaso.

"...me ha hecho recordar la voz de mi madre cuando el temeroso inconsciente ha intentado desprenderse de ella para que no duela más."

Esa noche, mis pérdidas, la nostalgia y todo lo que puede doler siguieron doliendo, pero también pensé en mi sobrino recién nacido y en que mi vida es ahora suya, y tomé de la mano a mi futura esposa y le prometí con el pensamiento que siempre lo voy a intentar; y extrañé a mi amigo que vive en otra ciudad, pero que siempre está cerca. Y entendí que para que yo estuviera en ese foro cuando Patrick Watson cantó “Here Comes the River”, pasó todo lo que tenía que pasar.

La próxima vez que esté frente al río, frente al mar, me mojaré el pecho. Quizá un día hasta sumerja la cabeza si las ventanas se convierten en peceras y las ciudades en mares. Tal vez un día nade y sean tan largas mis brazadas que estaré allí cuando el sol se funda con el mar.