Ambición, prestaciones y otros indicadores

Existe una relación íntima entre alguien que vive de escribir y el instrumento que usa para hacerlo. Con un nombre que suena a presagio, la pluma fuente Ambition marcó la carrera de un periodista y, sin saberlo, se retiró junto con él.

Ambición, prestaciones y otros indicadores

Alejandro toma la pluma y escribe. Apunta datos de la conferencia de prensa que a nadie le interesan, prepara las entrevistas que hará a personajes que ni él mismo conoce, deja notas y firma cartas de amor que un día le pesarán. 

Durante más de diez años llevó su pluma fuente en el bolsillo trasero de sus vaqueros, como si fuera una extensión de su cuerpo que traslada sus pensamientos al papel, o como un amuleto que lo protegía de lo que ocurre dentro de su cabeza y, a veces, en su pecho.

Por eso, el día que descubrió la grieta en su pluma, sintió un vacio en la boca del estómago. Una sensación fría recorrió su cuerpo, subió por el tórax y descendió por los brazos hasta los dedos que sostenían el instrumento de escritura. Era el miedo a la incertidumbre, a lo que va a pasar, como cuando te despiden de tu trabajo.

Sin la certeza de haberlo experimentado, intuye que así se siente la amputación de un brazo, o la mano, o el pulgar.

Ahora que conoce más sobre tintas para pluma fuente, mecanismos de carga e instrumentos de escritura, Alejandro sabe que la suya, la Faber-Castell modelo Ambition, no es particularmente especial: cuerpo de resina negra con arañazos—y ahora con una grieta—, tapa de acero con rayaduras y mellas que revelan años de uso y negligencia, y una plumilla de acero en excelente estado, que aún puede escribir sobre cualquier papel capaz de absorber tinta fresca.

No es una Montegrappa, como aquella con la que Hemingway escribía desde el frente de batalla, ni una Parker como la que usó Conan Doyle para narrar las aventuras de Sherlock, o con la que Eisenhower firmó la rendición de la Alemania nazi, pero para él merece el mismo respeto. Y aunque internet es más amable con la pluma de origen alemán y la describe como “un estudio de elegancia y simplicidad de líneas limpias y materiales exquisitos […] con un perfil delgado, textura sutil y peso reconfortante”, para Alejandro lo más importante era que esta herramienta de uso diario tenía múltiples habilidades.

"Como él, soportaba las largas jornadas laborales y el frío de la espera, el hambre de los sueldos no pagados y la precarización de una profesión que todos alaban, pero nadie defiende..."

Con ella fingió tomar notas en decenas de aburridos desayunos de prensa, donde invariablemente sirven chilaquiles sin proteína; y gracias a lo que escribió con ella entró a los lugares que suelen tener las puertas cerradas para personas como él, personas sin títulos prestigiosos ni conocidos influyentes. 

La llevó a Oaxaca, donde registró los veintisiete platillos que comió en menos de veinticuatro horas sin consecuencias estomacales, según presume. En Buenos Aires fue testigo de cómo la suerte del reportero se manifestó en la celebración de los hinchas del River Plate en 2019; rodó un par de veces por las escaleras de la redacción y se le cayó en un charco apestoso en el paradero de Indios Verdes.

En Japón, intentó describir los diferentes tonos verde que descubrió a través de las ventanas del tren bala hacia Hiroshima, y fracasó. En cambio, en Machu Picchu acertó al escribir que todos deberíamos gozar el privilegio de acariciar una llama bebé al menos una vez en la vida.

Alejandro confiesa que no esperaba encontrarse con una herramienta completa cuando la compró. Las plumas fuente tienen ese efecto: parecen artículos de lujo y, aunque de cierta forma lo son, esnobismos aparte, sólo es una herramienta de escritura más. Una perfecta para él. Le permitía escribir tan rápido como sus pensamientos sin necesidad de presionar sobre la hoja, sólo con movimientos fluidos de la muñeca para que la tinta dejara su rastro con gracia y agilidad, como un héroe de las novelas de capa y espada que le gustan, si usaran plumas en lugar de estoques.

La Ambition, cuyo nombre le parecía un presagio, llegó a las manos de Alejandro en 2013, cuando lo nombraron editor general del sitio en el que trabajaba. Pensó que el nuevo cargo requeriría un instrumento especial para escribir, algo que reflejara ese logro y cuando la vio en la vitrina de Liverpool, supo que esa era la ideal: lo suficientemente sobria para ser discreta y tan diferente como para no pasar desapercibida e iniciar conversaciones. 

Pronto, el objeto se convirtió en parte de su rutina diaria. La llevaba a todos lados, como el constructor que siempre trae su cinta métrica en el cinturón o el doctor que no se quita la bata ni para comer tacos.

Y esto era lo que más valoraba, que su pluma era de batalla y, como él, soportaba las largas jornadas laborales y el frío de la espera, el hambre de los sueldos no pagados y la precarización de una profesión que todos alaban, pero nadie defiende. Como él, tenía las marcas de los accidentes y los viajes, de la frustración profesional y del desamor, así como una capacidad para adaptarse al entorno: podía usar la tapa como un pisapapeles o un clip, o ambos, para evitar que las hojas de los comunicados se volaran o para reunir los documentos de su despido. 

"Ahora usa una 'Pilot Vanishing Point', color negro mate en un cuerpo de acero, sin tapa. El plumín flexible, de oro de dieciocho quilates..."

En más de una ocasión, su pluma fuente, el instrumento que usaba para crear, estuvo a punto de convertirse en un arma blanca. La primera vez, Alejandro pensó que le encajaría el plumín de acero a uno de los tipos que lo rodearon cuando caminaba de noche para ir a casa. Le pidieron dinero, pero les ofreció un cigarro y lo dejaron ir.

La segunda fue cuando, con prudencia, frenó su intenso deseo de clavar la punta de la Ambition en la mano de aquel político de cínica sonrisa y turbio pasado. Luego se arrepintió de no haberlo hecho.

Por eso, cuando Alejandro vio esa grieta en el cuerpo de su pluma fuente sintió miedo. No sabía qué hacer. Sintió el mismo hormigueo frío que recorrió sus brazos cuando lo despidieron, cuando decidió dejar el periodismo y guardar su Ambition, junto con su vieja personalidad. Así se convirtió en oficinista de un corporativo internacional con un ingreso estable, seguro de gastos médicos, descanso los fines de semana y días festivos. 

Ahora usa una Pilot Vanishing Point, color negro mate en un cuerpo de acero, sin tapa. El plumín flexible, de oro de dieciocho quilates, está escondido y se extiende o retrae con un mecanismo que evita que la tinta se derrame. Una maravilla de la ingeniería japonesa que Alejandro usa para garabatear en su libreta durante las videollamadas donde se habla de KPI, OKR y demás. 

La Ambition sigue en su escritorio. Aunque la grieta es pequeña, Alejandro sabe que si la usa constantemente se dañará más allá de la reparación, así que sólo la mira de lejos. Quizá un día esté listo para asumir su destrucción escribiendo un texto.