'NAZA': en el laboratorio de la opresión

NAZA no describe el arrepentimiento de los militares israelíes. Sus directores se concentran en la responsabilidad y la extraña calma de los protagonistas, y en el artefacto de guerra del que forman parte por voluntad propia.

'NAZA': en el laboratorio de la opresión
Rachel Szor y Yuval Abraham, directores de NAZA, durante el 83 Festival internacional de Cine de Venecia. FOTO: LucaFazPhoto

Es común juzgar las películas antes de verlas; de hecho, la práctica antecede a las redes sociales. El crítico fundamental Serge Daney jamás vio Kapò (1960) y aun así escribió un ensayo esencial sobre la ética de la mirada, partiendo de la rabia que le provocó la representación casi bella del Holocausto a su colega Jacques Rivette. 

Cualquiera, de hecho, se emociona con los estrenos inéditos de un cineasta querido y ataca vigorosamente los de sus directores subestimados. En este acto se involucra cierta vanidad, pero más todavía la convicción política: las películas que preferimos —incluso sin haberlas visto— dicen algo de las ideas que albergamos sobre el cine y el mundo. Es por estas razones que NAZA (2026), dirigida por los cineastas israelíes Rachel Szor y Yuval Abraham, ha recibido desde su anuncio un cuestionamiento identitario: temiendo la explotación o la trivialización del genocidio palestino, la crítica y el público progresistas abordan el documental preguntándose para quiénes está hecho y por quiénes. 

En los últimos tres años ha sido común ver películas sobre el genocidio desde perspectivas israelíes y, hasta hace unos meses, abundaba la marginación de figuras palestinas como Adania Shibli, quien vio cancelada una premiación de su novela Detalle menor por la Feria del Libro de Fráncfort tras el 7 de octubre de 2023. La autora no ideó la operación de Hamás; tampoco participó en ella ni la celebró, pero acabó pagando por ella debido a una asociación mañosa entre Estado e individuo, aunque ni siquiera vive en Gaza, donde hasta julio pasado gobernó Hamás. 

En cambio, Abraham y Szor recibieron un Óscar por No Other Land (2024), documental codirigido con los palestinos Basel Adra y Hamdan Ballal, asediados ambos por los colonos israelíes en Cisjordania.

La preocupación alrededor de NAZA es, entonces, legítima, pero el separatismo basado en la misma vinculación de Estado e individuo que afectó a Shibli es problemático. Szor y Abraham expusieron a la sociedad israelí entera y la consecuencia no ha sido la gloria, sino el exilio; las casas de sus familias están sitiadas por manifestantes y el Gobierno amenaza con quitarles la ciudadanía a los dos. Dudo mucho que esperaran otra consecuencia, tomando en cuenta que No Other Land desató una reacción similar.

El arrebato fascistoide en “la única democracia de Oriente Medio” no me sorprende, pero es extraño si consideramos que el documental no revela nada nuevo: NAZA nos muestra las conversaciones de Abraham con veinticuatro militares israelíes que describen, fundamentalmente, una máquina. No se trata, claro, de un artefacto literal armado con tuercas y cables, sino del aparato genocida israelí, cuyas piezas son mujeres y hombres ordinarios como los que aparecen a cuadro. Muchos de los testimonios ya habían servido como base para textos periodísticos del propio Abraham y otros autores, pero la película es la que desató el enojo. Hay que detenernos en esto.

Muchos de los testimonios en NAZA ya habían servido como base para textos periodísticos del propio Abraham y otros autores, pero la película es la que desató el enojo.

El Holocausto fue una de las obsesiones del gran director franco-suizo Jean-Luc Godard. La exploración del imaginario moderno lo llevó a hacer un cine que indagara en su propia razón de ser, y la respuesta fácil es que se trata de un medio para narrar historias. Sin embargo, el cine nos afecta de maneras en que el teatro y la novela no pueden: es en la capacidad de mostrar fenómenos como si fueran un presente del que somos testigos, donde encontramos la esencia de la imagen en movimiento. Godard pensó que el cine habría detenido el Holocausto si el público hubiera visto metraje de las atrocidades cometidas en Buchenwald y Auschwitz al momento; en los años posteriores, los antisemitas que niegan el genocidio judío se habrían quedado sin fundamento. Ver esas imágenes habría significado, de algún modo, presenciar el horror.

Por hábil que sea un periodista con el lenguaje, sería difícil narrar la indiferencia de sus fuentes al confesar que escucharon los gritos de una niña quemándose a consecuencia de sus órdenes. El periodista se arriesgaría a perder la confianza de su entrevistado y se quedaría sin información, pero el cine no necesita describir o acentuar estas voces, sino reproducirlas y permitirnos decidir qué tono detectamos en su cadencia y su volumen. Aclaro que Abraham y Szor maquillaron digitalmente las apariencias y las voces para evitar que sus fuentes sean reconocidas, pero dudo que el audio original se desvíe de la realidad. 

Los testimonios no requieren adjetivos: alguien dice haber visto las fotos en el teléfono de una niña antes de matarla; alguien acepta que exterminó a un grupo de gente que no significaba ningún peligro; alguien narra cómo incendió un área habitada; alguien revela que le autorizaron matar a quinientas personas con tal de dispararle un misil a un solo miembro de Hamás. La justificación es que todas estas personas son NAZA. En hebreo, “daño colateral” se dice Nezek Agavi y se resume en el acrónimo que da su título al documental. La conmoción, para quienes han visto la película, recae en esta serie de confesiones, que además responde en parte a la pregunta sobre su público ambicionado, pero hay otro aspecto más definitivo.

"Por hábil que sea un periodista con el lenguaje, sería difícil narrar la indiferencia de sus fuentes al confesar que escucharon los gritos de una niña quemándose a consecuencia de sus órdenes."

Los israelíes no van a ver NAZA, que está prohibida; el público progresista o ya sabe las revelaciones de Szor y Abraham, o se va a conmover de inmediato; el espectador de en medio probablemente lo ignore todo. NAZA es, de cierta manera, inútil, pero por ello no se conforma con el testimonio y lo utiliza para construir un ensayo al estilo de Laura Poitras (consultora en la producción) sobre Gaza como el laboratorio más grande y más cruel de la historia; en él se estudia la ciencia de la opresión. NAZA es una película para el presente y para todos.

En oposición a otra narrativa de redes, según la cual NAZA describiría el arrepentimiento de los militares israelíes a manera de redención, los directores se concentran en la responsabilidad y la extraña calma de los protagonistas, que en un momento son descritos como miembros de la clase media alta y de la izquierda israelí. Szor y Abraham nos dicen con esto que el problema no son Netanyahu y el Likud —representantes de la ultraderecha nacional—, sino el país entero.

Los testimonios de cada fuente, entrevistada en alguna azotea de Tel Aviv durante la noche, son yuxtapuestos con planos de los departamentos alrededor, donde la gente ve como sus líderes les mienten en las noticias. Estas imágenes sugieren dos cosas: primero (y tomando en cuenta las pantallas), que estas personas de apariencia inocente están adoctrinadas como los militares en los techos y son, por ello, igual de capaces de cometer las atrocidades narradas. Considerando que el servicio militar forzoso existe desde la fundación de Israel, también puede insinuar que estas personas ya han visto y hecho lo mismo. El otro significado  es que lo descrito por los militares puede pasar donde sea. NAZA no sólo representa un imaginario nacional controlado por los medios masivos, sino el mundo posmoderno completo, sometido por los artefactos del capitalismo. 

Las entrevistas de Yuval Abraham aluden recurrentemente al papel de la tecnología en el genocidio y nos describen la brutalidad aséptica que ya habían percibido Marshall McLuhan y Stanley Milgram: el primero sugirió que la tecnología militar se encaminaba a facilitar el asesinato con el fin de producir cadáveres eficientemente; el segundo, que las personas se someten a quienes perciben como autoridad y abandonan así su propia responsabilidad. 

Ambas ideas son fascinantes, pero no originales. El nazismo descubrió, en la matanza de Babi Yar (Ucrania), que debía perfeccionar su mecanismo genocida (volvemos a la imagen de la máquina): las unidades de exterminio padecieron logística y psicológicamente al ejecutar, durante dos días, a más de treinta mil judíos, y posteriormente utilizaron camiones para asesinar a los prisioneros con gas, que evolucionaron más tarde a las infames cámaras en ciertos campos de concentración. NAZA nos describe el mismo proceso.

¿Dónde ver NAZA?

El documental dirigido por Rachel Szor y Yuval Abraham se exhibirá a partir de hoy en la Cineteca Nacional de la CDMX. También se proyectará en salas de cine de Guadalajara, Monterrey, Puebla, Querétaro, Mérida, Tijuana, León, Toluca y la Ciudad de México como parte del programa Cinemex Alternativo de la cada de salas.
Tras su paso por salas podrás verlo en línea, de forma gratuita, a través de la plataforma del medio inglés The Guardian.

Los entrevistados de Abraham revelan que espiaron electrónicamente a familias para saber cuándo estarían los blancos en casa y asesinarlos junto con ellas por medio de ataques remotos. Otros hablan de una inteligencia artificial que selecciona objetivos automáticamente y tolera altas cifras de NAZA. Si en la modernidad de la guerra de Vietnam el avión de combate y el napalm permitieron a los pilotos distanciarse de la gente a la que bombardeaban, en el mundo posmoderno y en el laboratorio de Gaza, el ejército israelí está probando tecnologías de espionaje, inteligencia artificial y drones que facilitan la deshumanización y la limpieza étnica. NAZA existe porque aún hay humanos al control de estas tecnologías, cuyas conciencias les hacen repudiar sus órdenes y confesar el genocidio, pero también hay otros tan afectados por las pantallas, por la propaganda, que ejercen su oficio con indiferencia burocrática. Uno de los entrevistados explica que un área de Gaza fue evacuada al 75% antes de ser totalmente bombardeada; Abraham le pregunta qué pasa con el otro 25%. “Buena suerte para ellos”. 

"En oposición a otra narrativa de redes, según la cual NAZA describiría el arrepentimiento de los militares israelíes a manera de redención, los directores se concentran en la responsabilidad y la extraña calma de los protagonistas."

Las imágenes de archivo en NAZA son desmoralizantes, ya que construyen una historia de la tecnología colonial. La intrusión electrónica no es un artefacto de defensa tras atentados movidos por el odio, como insiste el imaginario israelí, sino el brazo inseparable de la opresión cotidiana y la expansión territorial. La alta tecnología no está al alcance de los desplazados, sino de sus explotadores, que aprovechan la riqueza para someterlos. El dinero y la sangre van de la mano. 

Un ensayo de estas dimensiones no es un mero testimonio, sino una advertencia; como dice una consigna: “Primero en Gaza, luego en tu casa”. Abraham y Szor no están explorando solamente las características del presente, sino mostrando el manual que funcionó antes y que se mantendrá perfeccionándose. NAZA, insisto, fue hecha para que todos veamos lo que nos espera: lo nuevo y lo mismo; la fuerza que se precipita a la muerte frente a la complicidad y el silencio. Verla es una pequeña forma de oponerse.