“Los vecinos no aguantan nada”. La noche en que la Roma apagó a Candelabro.
Cientos de veinteañeros con coronas de espinas saltaban con el rock teológico de Candelabro. Una queja vecinal acabó con el concierto.
“¿A ustedes les avisaron que no se podía saltar, cuando compraron los boletos?”, preguntó Matías Ávila a la audiencia el fatídico martes 13 de octubre de 2026. Las interrupciones del Foro Indie Rocks! comenzaron pronto a malograr la presentación de la banda chilena Candelabro en la Ciudad de México durante su primera fecha.
Las cosas, en contraste, arrancaron en exquisitez de temperatura cariñosa. Una audiencia ataviada con coronas de espinas, con orejas de cordero del sacrificio, para hacer eco de la estética de crucifixión de la banda, abarrotó el recinto de la colonia Roma, que en los minutos previos al arranque apenas conservaba algunos huecos para más personas en los andamios de precio diferenciado. Una juventud que subraya en sus atuendos su pertenencia a la escena alternativa: mucha urbanidad en la elección de prendas, mucha combinación de moda autogestiva sin miedo a la paca, a la falda sobre la mezclilla, a los atavíos populacheros entre el collar de cuentas tornasoladas y escarcha sobre las sienes. Abrir plaza entre las nutellas cannábicas y los jugos adicionados con vodka a filo de banqueta. Y luego la emoción del asomo: no hay reingresos ni espacios para fumar. La hostilidad en los negocios, la desconsideración de sus principales beneficiarios. Así son.
Sin teloneros, los músicos estallaron puntuales a las nueve de la noche.
Hay algo raro con Candelabro. Algo conmovedor.
Primero, son jovencitos que se saben herederos de una larga tradición poética y musical: la del Chile de Raúl Zurita, Violeta Parra y Cecilia Vicuña. Y samplean, para abrir sus rolas, las reflexiones teológicas del abogado católico Armando Uribe, la conciencia en verso detrás de El engañoso laúd (Santiago, 1954). Y citan en sus maneras y covers y conciertos a Los Jaivas y a Los Prisioneros, dos de las bandas centrales de la historia del rock chileno, experimentadas tanto en la exploración artística como en la resistencia a la dictadura desde distintos márgenes, ya sea el exilio o la resistencia desde adentro, prisionera.
Tenía razón Jorge González, líder de Los Prisioneros: “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”.
Segundo, no rehúyen al conflicto religioso en tiempos de consenso ateo; de disolución espiritual más bien autorizada a moverse únicamente en los linderos del selfi y del mercado; de neoconservadurismo sospechoso, vociferación internacional de las derechas islamófobas o el llamado de Rosalía a vestirse en santidad cristiana: mio Cristo piange diamanti.
“Para la tristeza de no ser santos”, canta el monje, guerrillero y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal en su Oración por Marilyn Monroe, “se le recomendó el psicoanálisis”. Hoy en día ni psicoanálisis: mera recreación en el jardín autorizado de las redes sociales. Mera conducta dentro de los buenos canales.
Ahí, en ese urgente, proliferado y pasivo consenso moderno, las canciones de Deseo, carne y voluntad (2025), segundo álbum de Candelabro, se interrogan por el dolor del cuerpo, el ángel de la guarda, la resurrección de la carne, la obligación de levantarse a trabajar ante el fracaso, las bellezas rituales del Domingo de Ramos, el cuerpo como un cáliz para la plenitud. Trepar con el cielo en las costillas.
Tenía razón Jorge González, líder de Los Prisioneros: “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”
Y tercero, conectan con una juventud ávida de comunión en un mundo de descomposiciones políticas infatigables y una normalización ubicua de la violencia que perturba para presumirse imbatible, inapelable, total, ya sea en Culiacán o en Gaza.
Sólo este 2026, Estados Unidos secuestró al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, inició una agresión bélica contra Irán, con amenazas constantes del mandatario Donald Trump de detonar la bomba contra toda una civilización, y abrió una permanente persecución policial contra la comunidad latinoamericana en suelo estadounidense, entre tantas otras noticias agobiantes que inundan los corazones del mundo día tras día, como un goterío de desesperación.
Y es que, según cantan los Candelabro, Dios está perdido en una calle de Estación Central: nudo de trenes para zafar a Rancagua o Chillán y paradero principal de Santiago de Chile a donde arriban los migrantes internos e internacionales para luego repartirse por el pulso obrero de la calle Matucana. Barrio empobrecido por las urgencias de sobrevivir y trasunto de la novela El roto (1920). Entonces y ahora, nudo de las marginalidades, al que esta vez le cantan unos jóvenes espiritualmente inquietos: Dios no elige a su pueblo, el pueblo elige a su Dios.

Una noche para los temblores
Una noche de este octubre, muchachos en torno a los 25 años, paralelos en edad a los miembros de Candelabro, se dieron cita en la colonia Roma para brincar con el rock teológico de los chilenos, un ensamble formado con voces, teclado, oboe, saxofón, batería, bajo y guitarras. Y se entregaron a la elasticidad del cuerpo apenas arrancado el concierto: asaltar la bobería de la normalidad, del tedio, de la opresión asalariada, con el desfogue que convoca el rock; en Woodstock te veas.
Y así de temprano como el derroche enérgico comenzaron los problemas.
Un arranque exquisito de simbiosis completa entre el Candelabro que nació en la plenitud de la comunicación en línea y un público ya enterado con precisión de los recovecos de sus cambios de ritmo y provocaciones líricas. ¡Desalambrar! ¡Sentir las voces!, proponen y contestan al unísono en un abrazo para comenzar fuerte.
Ya es patente, innegable la sobrepresencia de extranjeros monolingües poco interesados en una asertiva integración comunitaria, que en cambio hablan entre sí en inglés de espaldas al entorno.
Pero fue esa fortaleza la que le jugó en contra a la diversión y terminó por descarrilarla.
Es verdad que el suelo del foro se cimbraba con los saltos desaforados de la juventud en busca de sí misma, de su placer, de espacios para la recreación en una ciudad que se ha vuelto excluyente, que sufre el ahorcamiento de sus espacios alternativos, la difuminación del Foro Alicia, la cooptación de la oferta cultural y de entretenimiento por prácticas monopólicas e hiperempresarializadas, con la fila virtual como nueva normalidad. Donde sus canales de expresión se van alineando con los criterios del crédito y la deuda o se aloja un Mundial de fútbol con precios monumentalmente excluyentes: una fiesta popular sin población horizontal en los estadios, por aquí por favor nada más élites. Como se escucha en los sampleos del disco: Viva Chile. Y su gemelo neoliberalizado para el éxtasis de la propiedad privada.
Es verdad que se cimbraba el suelo de una colonia en la que se ha vuelto habitual contar el chiste de que solicitan visa para entrar, nivel fluido de inglés, un manejo del gasto en dólares: ya es patente, innegable la sobrepresencia de extranjeros monolingües poco interesados en una asertiva integración comunitaria, que en cambio hablan entre sí en inglés de espaldas al entorno. Basta recorrer a cualquier hora del día en cualquier época del año sus cuadras para encontrar dos, tres, cinco, siete grupos de turistas presumiblemente recién llegados del aeropuerto que, arrastrando maletones con llantitas, miran su celular y sus cerrojos al tiempo para apoderarse de sus habitaciones por renta digital.
Ahí, en una paz de los negocios que a las ocho de la noche ya gozaba la escenografía tranquila de la calle Zacatecas, claro que se cimbraba el piso. Así que el personal del Foro Indie Rocks! interrumpió pronto el toquín para tomar el micrófono y cumplir la fantasía de los propietarios: que los asistentes a un concierto se porten como dóciles consumidores sólo aptos para entregar su dinero.
Hay quejas en el vecindario por el intenso sacudimiento del piso, advirtieron. Y luego cometieron la habitual tropelía de regañar al público: si no se comportan, tendremos que suspender el concierto.
Una ciudad que se ha vuelto excluyente, que sufre el ahorcamiento de sus espacios alternativos, la cooptación de la oferta cultural y de entretenimiento por prácticas monopólicas e hiperempresarializadas, con la fila virtual como nueva normalidad.
“Okey, sigamos. Bien vamos”, intentó Matías, el vocalista, en el primero de dos avisos, antes de ser abordado por uno de los miembros de su equipo de organización, que le hizo puntualizaciones en corto. “Un minuto, un minuto, es que… un minuto. Nos acaban de decir que afuera está la policía. Entonces, entonces, entonces… Quiero que lleguemos hasta el final, porque ustedes pagaron la entrada, nosotros viajamos desde muy lejos. También es muy frustrante pa nosotros, pero de verdad queremos darles el chou de comienzo a fin, y eso es lo más importante pa nosotros esta noche, que ustedes lo pasen bien”.
Apareció, tierna y discreta, la respuesta del guitarrista de Candelabro, David Romero, que ante la palabra policía entonó en su instrumento las primeras notas de “Killing in the name”, de Rage Against the Machine: Fuck you, I won’t do what you tell me. Aunque, tras el dardo, se moderó rápido, opción de paz.
“¿A ustedes les avisaron que no se podía saltar, cuando compraron los boletos?”
Apagar el candelabro
Un manejo desequilibrado de la información: el foro cobró por un servicio cuyas necesidades no podía cubrir, cuyo desarrollo no podía garantizar. Candelabro siguió tocando sus canciones, su rock que no por tener momentos contemplativos rehúye el paroxismo y el guitarrazo y el momento de la bronca, y entonces sigue convocando a la audiencia a agitarse, al empujón ritual, al brinco en ciclón.
Y a ensayar su solidaridad extraterritorial. Chúpalo, Kast, gritaban los jóvenes en repudio por contagio al presidente de Chile, el neoliberal ultraderechista José Antonio Kast, negacionista de la dictadura de Augusto Pinochet y quien ha utilizado el mandato para echar abajo diversidad de programas sociales con la sobada receta de la austeridad pública, que nunca se plantea la solución de las desigualdades estructurales en un país que ensayó tempranísimo el neoliberalismo apenas consolidado el golpe contra Salvador Allende, en septiembre de 1973. Las torturas, las desapariciones, las ejecuciones extrajudiciales, los vuelos de la muerte, las mutilaciones, como quiera: el único erotismo respetable es el del adelgazamiento de las arcas públicas.
Tras la insistencia, el persistente malestar organizacional, la incomodidad ambiental tangible, antes de “Cáliz”, canción cumbre de Deseo, carne y voluntad (2025), Ávila volvió a tomar la palabra para anunciar la cancelación definitiva del espectáculo. Advirtió que ese sería el último tema de la noche, a los sesenta minutos puntuales de haber empezado un espectáculo originalmente planeado para durar hora y media.
Las cosas afuera están pa la cagá, señaló.
Imaginamos el despliegue de un dispositivo policiaco para desalojar, controlar a la norteada multitud. Entre los gritos y la decepción de los asistentes, comenzó la despedida. Ya con las luces encendidas, un joven buscaba la insurrección y se subió a los andamios arengando la rebeldía. Sin embargo, el desconcierto logró mejor que él la desarticulación de los asistentes y el incómodo inicio del desalojo.
“Siempre hemos buscado mantener una buena convivencia con nuestros vecinos, y el respeto a la comunidad de la que formamos parte seguirá siendo una prioridad”, admitió el Foro Indie Rocks! en el escueto comunicado en que, al día siguiente, dio razón de los hechos vía Instagram.
“¡Qué putada que nos hayan quitado media hora de show!”, opinó en los comentarios una asistente.
“Desde el Pitchfork de 2025 han estado valiendo puuura verga en todooo, todo les está saliendo mal por querer hacer dinero fácil”, estimó otro.
O bien: “No se doblen ante los gringos”.
“Eso pasa por pensar que se puede hacer un concierto de indie rock en el Foro Indie Rocks!”, mató el mejor.
Para su siguiente fecha en la Ciudad de México y ante la insuficiencia operativa del espacio, Candelabro optó por mover el show al House of Vans, en Mixcoac. “De principio a fin y a todo el volumen que dé”, donde en efecto el concierto duró media hora más y, luego de “Cáliz”, se permitió la balada tierna reservada a Javiera y Matías, además de que el macizo del suelo no registró temblores ante los brincos ni el slam de los asistentes.
¿Acuoso el piso de la colonia Roma, donde aún vive el eco del sismo de 2017 que lo convirtió en zona cero? ¿O excesivamente susceptible la sensibilidad de quienes, en ventaja económica, se han apoderado de una zona histórica de la Ciudad de México, como ya adelantaba José Emilio Pacheco al narrar la extranjerización del país en virtud del mercado internacional en su novela Las batallas en el desierto (1981), donde relumbran los usos y costumbres del sexenio de Miguel Alemán amasando la revolución institucional?
No obstante su búsqueda terciada de una espiritualidad en que tengan cabida sus emociones y deseos —carne y voluntad—, los jóvenes capitalinos se han visto ahorcados por una dinámica de mercado donde las corporaciones y su participación activa en los programas ideológicos de los gobiernos, más que ciudadanos, pretenden un coro bien aceitado de los consumidores, un constante rankeo de servicios en redes, una pasividad funcional al status quo donde la vida sea poco más que el trabajo y el gasto ininterrumpidos. Cuerpos dóciles. Al ritual carnavalesco de empujarse a pauta de rock le ganó esa noche la mustiez de un entorno apoderado en favor de intereses extranjeros de superexplotación y sobreprecio.
Una noche decepcionada que hace a los asistentes recordar los desafíos recientes del foro —abierto desde 2011, de acuerdo con su sitio web, ligado a la revista Indie Rocks!, que se publica desde 2006—, como las protestas en favor de Palestina suscitadas en sus inmediaciones en noviembre de 2025 como rechazo a la presentación de la artista israelí Noga Erez. “No representamos gobiernos, ideologías ni intereses políticos”, se deslindaron entonces en un comunicado.
¿Acuoso el piso de la colonia Roma, donde aún vive el eco del sismo de 2017 que lo convirtió en zona cero? ¿O excesivamente susceptible la sensibilidad de quienes, en ventaja económica, se han apoderado de una zona histórica de la Ciudad de México.
Y un aliento de incomodidad ante las oportunidades para el desfogue que hace eco de los fallecimientos por negligencia de Berenice y Miguel, cuyo caso se dirime en tribunales luego de que perdieran la vida en abril de 2025 en el marco del festival Axe Ceremonia, que se llevaba a cabo en el Parque Bicentenario. Un caso que motivó la intervención del gobierno federal y cuestionamientos sobre los compromisos reales de los organizadores de eventos masivos con el bienestar de los asistentes. En los negocios, en las búsquedas de esparcimiento, ¿quiénes son los sujetos vulnerables y por qué los jóvenes se juegan la vida?
La comunidad, igual, en ese entorno adverso, tendrá que aprender a articular sus desobediencias, a no pasmarse ante los lampareos y engrosar su queja colectiva. Además de apoderarse, otra vez, de la plaza pública en virtud del baile.
Desalambrar, pues, sentir las voces.

Fuímonos, Bartolo
Imaginábamos un dispositivo policiaco afuera del lugar para desalojar, pero lo cierto es que no había nadie y simplemente ganó la docilidad. Perdimos ante la luz prendida y, decepciones inarticuladas, simplemente abandonamos la localidad. El joven que se subió a los andamios para protestar fue abordado por un uniformado y la situación no escaló.
Pero miento, sí había alguien para conducir la situación: una patrulla con dos policías, a los que nos acercamos. ¿Qué pasó, oficial? ¿Por qué? Uno de ellos se evadió desde la cábula: ¿qué, tú eres miembro de la banda? El otro demoró un poco, pero decidió sincerarse: La verdad es que los vecinos no aguantan nada.
México y Chile son pololos y los amores resisten eventualidades, se reinventan ante los topes incómodos
Candelabro tuvo un recorrido apetitoso por otras localidades del país, sin que obstara el fiasco de arranque: Monterrey, Puebla, Xalapa, Pachuca, Guadalajara, San Luis Potosí. Además de propiciar, antes de irse de paseo, un encuentro sorpresa en Tlalpan para los electrocutados por la arbitrariedad, so pretexto de la protección civil.
México y Chile son pololos y los amores resisten eventualidades, se reinventan ante los topes incómodos, se crecen ante las torpezas y los nudos arbitrarios: ni más ni menos, la puerta negra sale sobrando. Así que la sonrisa del domingo de ramos sigue y demostró convivencia procurada de Santiago a Tenochtitlán en una gira afortunada del Candelabro que apenas se va inventando.
Pero cierto es también que el martes 13 de octubre ganaron los negocios y sus mandamases, y de súbito, por orden vertical, la calle Zacatecas volvió a sumergirse temprano en su silencio agradable para el solaz de los inquilinos y el flujo pertinaz de sus intereses.
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