Murciélagos chilangos: entre la supervivencia y la vida en comunidad

En la Unidad Hueso-Periférico, dos mil murciélagos decidieron establecer su hogar. Ahora, humanos y quirópteros conviven entre quejas vecinales, la resistencia colectiva y el concreto.

Murciélagos chilangos: entre la supervivencia y la vida en comunidad
Los murciélagos habitan en el pequeño espacio entre dos edificios. FOTO: Pablo Romero.

El murmullo crece poco a poco. 

Antes de salir de caza, los murciélagos emiten un rechinar colectivo: ese cuchicheo agudo y desordenado que uno puede escuchar desde la azotea del edificio 12 de la Unidad Habitacional Hueso-Periférico, justo a la hora del crepúsculo.

Estamos en Coapa, en la alcaldía Tlalpan, a unos pasos del Canal de Cuemanco y de la Reserva Ecológica de Xochimilco, al sur de la Ciudad de México. El espacio es estrecho: un resquicio oscuro de no más de 20 centímetros que separa los muros de dos edificios contiguos. En esta rendija, al menos tres especies de murciélagos se establecieron desde hace décadas.

—Las especies que tenemos en toda la unidad son la Tadarida brasiliensis, la Myotis velifer y el Nyctinomops macrotis —precisa Ameyalli Marín Ventura, joven bióloga del Instituto de Ecología de la UNAM—. En este edificio habitan dos. Muchos vivían antes en el edificio de enfrente, pero los vecinos instalaron unas placas de aluminio y les bloquearon el acceso. Así que se mudaron para acá, donde tenemos ahora la concentración más grande.

Unos 1 800 murciélagos habitan la unidad. Pero aún no existe un registro exacto y cada año la población fluctúa. Construida en los años ochenta con un diseño que incluyó un buen porcentaje de áreas verdes —donde las familias cultivan árboles frutales—, es posible que la unidad sea hogar de los murciélagos desde antes de que empezara a ser habitada por humanos.

—Esta es una colonia de maternidad —dice Ameyalli con una sonrisa afilada mientras mira la pantalla de su cámara endoscópica: un pequeño murciélago asoma a través del lente y parece devolverle el gesto—. Es como una guardería. Aquí casi todas son hembras. Entre ellas se ayudan a parir, porque tienen que dar a luz de cabeza. Unas cuidan a los bebés mientras otras salen a cazar y, si algo le pasa a la madre de un ejemplar, otra hembra adopta a su hijo.

Todavía no oscurece por completo, pero el rumor es ya notable. Del boquete abierto entre los dos edificios emana un olor avinagrado y basta una mirada para distinguir sus figuras a contraluz. Allí están. Se sostienen de los muros con las garras de sus alas y dan vueltas de arriba abajo, chocan entre sí, se gritan, se apresuran, bostezan y vuelven a chillar.

Además de sus hábitos nocturnos y de ser los únicos mamíferos capaces de volar, lo fascinante de los quirópteros es el singular parecido que guardan con nosotros. La estructura ósea de sus alas es cercana a la de nuestras manos y existen entre ellos comportamientos que podríamos calificar como afectivos: amistades, complicidades, organización colectiva.

"Es como una guardería. Aquí casi todas son hembras. Entre ellas se ayudan a parir, porque tienen que dar a luz de cabeza. Unas cuidan a los bebés mientras otras salen a cazar y, si algo le pasa a la madre de un ejemplar, otra hembra adopta a su hijo."

No sólo eso. Según los registros del Instituto de Ecología, las dos especies que habitan en este edificio —el murciélago cola suelta y el Myotis mexicano— dejaron de migrar y se establecieron en la capital de forma definitiva. En estos meses —principios de septiembre— deberían estar ya en Sonora, Sinaloa o Chihuahua, donde suelen pasar la temporada de maternidad. Pero algo encontraron en la ciudad que decidieron habitarla de manera permanente. 

Son, en toda regla, murciélagos chilangos.

Pero en la Hueso-Periférico estos mamíferos volantes son todavía vecinos incómodos y hay quienes no están felices con su presencia.

Los murciélagos esperan la llegada de la oscuridad para salir de su guarida. FOTO: Pablo Romero.

Guardianes de Coapa

Los murciélagos de la Hueso-Periférico son, desde hace tiempo, una suerte de celebridad. Cada tanto se habla de ellos en los medios o se les dedica algún artículo académico. Ya en 2016, el biólogo Alan Roy Jiménez Gutiérrez, al actualizar el inventario de mamíferos silvestres de la Zona Lacustre de Xochimilco, enfocó buena parte de su atención en ellos. Con redes de niebla instaladas alrededor de cultivos y cuerpos de agua, además de registros acústicos para detectar su sonar, documentó al menos cuatro especies alimentándose en el Canal de Apampilco, la laguna Tlilac, la laguna Tezhuilo y toda la zona chinampera.

En los edificios de la Hueso-Periférico capturó 12 ejemplares de Tadarida brasiliensis mexicana y aseguró que los murciélagos vivían allí desde 30 años antes, por lo menos. Describió a la unidad como un refugio artificial clave para los mamíferos voladores de la región y advirtió que los residentes mantenían dos únicas posturas: la indiferencia o la repulsión total.

“Entre las molestias que representan para algunos habitantes —escribió—, es que después de alimentarse los murciélagos regresan y sobrevuelan los estacionamientos, defecando guano sobre los automóviles”.

No es casualidad que los autos sean uno de los principales motivos de rechazo. Este no es un barrio oficial ni tiene una delimitación clara: el territorio conocido como Coapa abarca varias colonias, fraccionamientos y unidades habitacionales repartidas entre Coyoacán y Tlalpan. Como buena parte de la Ciudad de México, solía ser una zona de lagos, ríos y pastizales donde se ubicaban fastuosas haciendas que proveían de leche y otros productos a la urbe. Hasta mediados del siglo XX fue una especie de oasis campestre en las orillas de la capital. Pero la urbanización acabó con buena parte de ese paisaje y hoy Coapa es un enorme polo comercial que atrae a multitudes. El embotellamiento perpetuo y la creciente sensación de inseguridad llevaron a los residentes a cerrar el acceso de sus calles con rejas y casetas de vigilancia, clausurando buena parte del espacio público e impulsando una lógica individualista con el automóvil como emblema. Los murciélagos, que defecan sobre esos autos, son una afrenta a esos valores: el guano sobre el parabrisas, una pequeña humillación cotidiana.

—En un principio, la inquietud de los vecinos era el miedo —cuenta Ameyalli—. Pensaban que chupaban sangre, que contagiaban la rabia, esas cosas. Cuando les explicamos que estos murciélagos eran sobre todo insectívoros, expresaron su preocupación por el guano.

"Los murciélagos, que defecan sobre esos autos, son una afrenta a esos valores: el guano sobre el parabrisas, una pequeña humillación cotidiana".

Ameyalli es una de las fundadoras del proyecto Guardianes A-lados. Junto a Liliana Rosas Durán, del Laboratorio de Ecología y Conservación de Vertebrados del Instituto de Ecología de la UNAM, y Andrea Pamela Martínez Romero, socióloga de la UAM Xochimilco y vecina de la unidad, dan vida a la iniciativa que busca diseñar métodos de monitoreo y cuidado de los quirópteros en esta unidad habitacional. 

No es sólo que el guano se acumule entre los edificios. Es que a veces, con la lluvia o con el sol, un aroma intenso y potencialmente tóxico emana de las colonias: el excremento de murciélago contiene un hongo cuyas esporas, al respirarlas, pueden ocasionar enfermedades como la histoplasmosis. El guano también desprende amoniaco y puede albergar la bacteria de la Salmonella.

—Tuvimos que crear un protocolo para extraer el guano de los edificios —cuenta Liliana Rosas—. Ahora que muchos murciélagos se mudaron a este edificio, la cantidad de guano ha aumentado. La última vez recolectamos una montaña: más de 100 kilos. 

Pero mientras los vecinos ven en el guano un peligro o un agravio, a unos cuantos kilómetros hay quienes lo consideran oro. 

—Cuando vi una de sus publicaciones en Instagram sobre el guano, me puse en contacto con ellas y les propuse usarlo como biofertilizante —dice José Luis Camacho, también biólogo y agricultor de Xochimilco—. Yo cultivo maíz y hortalizas en la chinampa. Para fortalecer la microbiota del suelo usamos el sedimento de los canales, lombricompostas y otros sustratos. Pero el guano es un fertilizante natural muy poderoso, un biodigestor excelente. Generalmente hay que traerlo de zonas muy lejanas: es caro. Y resulta que lo tenemos aquí, que nada más hay que cruzar Periférico.

Para algunos vecinos la presencia de los murciélagos se ha convertido en una molestia. FOTO: Pablo Romero

Sinúrbicos y endémicos

Los he escuchado de madrugada cerca del Zócalo, en las inmediaciones del Bosque de Chapultepec, entre los árboles de la Santa María la Ribera, cerca de algunos parques de Azcapotzalco y en los barrios cercanos a las barrancas de Santa Fe. Chirridos cortos que van y vienen en bandada, aleteando en círculos entre las sombras del cielo.

En México habitan unas 140 especies de quirópteros y al menos 18 son endémicas. Sólo en la Ciudad de México viven, de manera temporal o permanente, al menos 28 especies que se alimentan de néctar o insectos: los murciélagos chilangos no beben sangre.

—Murciélagos ha habido siempre en la ciudad —explica Liliana Rosas—. Pero es posible que estén aumentando sus tiempos de permanencia. Las tres especies que habitan la Unidad Hueso-Periférico se adaptan muchísimo a las ciudades. Pueden vivir en edificios, iglesias, puentes, anuncios espectaculares. Se les llama sinúrbicos por esa capacidad.

—¿El exceso de luz, el ruido de los autos o de los espectáculos masivos no altera su sentido de orientación?

—En el caso de estas especies, el sonido no es un inconveniente porque son capaces de cambiar las frecuencias en las que se mueven y comunican. Y la luz eléctrica en realidad los beneficia: atrae a los insectos, así que la aprovechan para cazar.

Es cierto. El Instituto de Ecología de la UNAM tiene registros de murciélago trompudo mexicano —una especie amenazada— en la zona arqueológica de Cuicuilco, a un costado de Insurgentes y Periférico, dos avenidas inundadas de luz y ruido. También hay registros recientes en los alrededores del Zoológico de San Juan de Aragón, en la fosa de las hienas de Chapultepec y en el Hospital Troncoso, en Iztacalco. Usuarios de redes sociales reportan colonias en la secundaria 77 de Santa Fe, en el Hotel Radisson de Perisur, en el Metro Zapotitlán, en la calle Emiliano Zapata del Centro Histórico y más.

Entre 2021 y 2022, la bióloga Samara Shames Pérez capturó y marcó 217 murciélagos en cuatro parques urbanos. Uno de ellos llamó su atención: un macho de murciélago trompudo capturado en Aragón y recapturado un mes después en el Jardín Botánico de la UNAM. El animal había recorrido casi 20 kilómetros a través de la mancha urbana. Con un análisis estadístico, su tesis demostró que lo que explica mejor la abundancia de nectarívoros no es el tamaño del área verde ni la urbanización, sino las flores de agaves y magueyes. Un solo Agave salmiana puede ofrecer cientos de flores en una noche y néctar por más de un mes, lo que convirtió a los magueyes ornamentales de camellones y parques en un oasis para los murciélagos chilangos.

—Es muy posible que existan cada vez más murciélagos en la ciudad —me dice Ameyalli—. En la última década hubo esfuerzos importantes de reforestación con agave en suelo de conservación y se sembraron muchos ornamentales en zonas céntricas. Ahora tenemos corredores de magueyes que conectan la ciudad con el suelo de conservación, y los murciélagos los están usando.

—Es importante decir que no todas las especies se adaptan a la ciudad: muchos mueren —aclara Liliana—. Y algo más preocupante que el ruido o la luz son los pesticidas, porque afectan toda la cadena. Hace unos dos años nos reportaron muchísimos murciélagos nectaríferos muertos. No tenían golpes ni heridas aparentes: sólo caían y morían. Ahora hay una ola de murciélagos insectívoros muertos de la misma forma.

Ameyalli Marín, Liliana Rosas y Pamela Martinez diseñan métodos de monitoreo y cuidado de los quirópteros con un enfoque interdisciplinario. FOTO: Pablo Romero.

Los roomies perfectos

Son las seis de la tarde. Sobre uno de los descansos del edificio 12, Liliana instala una cámara de video en un pedestal: durante un par de horas registrará el vuelo de todos los murciélagos que saldrán esta noche a buscar alimento.

—Ellos salen por turnos. Antes los Tadarida salían primero. Pero este año hemos visto que los Myotis toman la delantera. Hemos registrado cómo empiezan a avanzar unos encima de otros y discuten y se pelean. Es como cuando estás en el Metro en hora pico, vas llegando tarde al trabajo y dices: “quítense todos, quítense”. El comportamiento de los Myotis es muy similar.

Liliana es especialista en murciélagos hibernantes, de los cuales al menos cinco de dieciséis especies habitan en la zona boscosa de la ciudad: en Los Dínamos, en Milpa Alta, en el volcán del Xitle. Lo que más le fascina es la extrema diversidad que estos mamíferos presentan: hay murciélagos que se alimentan de néctar de flores o de insectos, pero también hay los que comen pequeños ratones, incluso peces. Cada uno ha desarrollado un camino evolutivo tan variado que le es imposible no relacionar su diversidad y sus hábitos con los nuestros.

—Los murciélagos hematófagos, los que sí beben sangre, tienen costumbres altruistas: regurgitan alimento para compartirlo con otros miembros de su colonia que no pudieron comer.

En este par de años, las investigadoras de Guardianes A-lados han documentado de todo. Desde la naturalidad con la que una vecina acepta que una familia de murciélagos viva en su ventana, hasta personas que las buscan porque encontraron un murciélago herido sobre el pavimento.

—Durante todo el 2024 yo tuve un murciélago en mi depa —cuenta Rafael González, un médico de 35 años, habitante del edificio 27—. En ese año yo tenía unos horarios difíciles: salía del departamento a las cinco de la mañana, cuando el murciélago iba llegando. Cuando yo regresaba del trabajo, a las ocho de la noche, el murciélago ya se había ido. Era el roommate perfecto: casi no lo veía. Eso sí: me dejaba su “huerfanito” en el clóset, pero yo sólo lo barría y listo.

Al caer la tarde, los murciélagos salen de entre los edificios para alimentarse de néctar y frutas. Luego sobrevuelan el estacionamiento y defecan, lo que molesta a los vecinos quienes encuentran sus carros con marcas de guano. FOTO: Pablo Romero.

Rafael es parte de un grupo de vecinos que el proyecto identificó como el más receptivo: personas menores de 40 años, curiosas, que conservan alguna relación con la naturaleza o el campo. No son la mayoría, pero son suficientes para que el Festivalito Murci-Coapa tenga público. Desde hace dos años, Pamela y sus compañeras organizan ese encuentro en la unidad: exhiben ejemplares disecados, reparten trípticos informativos, combaten mitos y leyendas negras. La Noche de Murciélagos en Chapultepec y otras áreas de conservación ha hecho el resto: los quirópteros se han vuelto animales carismáticos para las nuevas generaciones.

—Eso también es un problema —opina Rafael—. Muchas personas ahora los quieren, pero como mascotas. Los quieren tocar, poseer, asfixiar. La labor de las biólogas aquí en la unidad es lo que ha permitido que se les sepa apreciar de manera más adecuada: que sepamos cómo manipularlos en caso de que ingresen a nuestro domicilio. Algo bonito es que ahora algunas familias salen al anochecer para mirarlos revolotear alrededor de las farolas.

Con el programa Guardianes A-Lados, las investigadoras han logrado acercarse a los vecinos de la Hueso-Periférico y comenzaron a cambiar la percepción que los vecinos tienen sobre los murciélagos. FOTO: Pablo Romero.

Levantar el vuelo

La discusión pronto se transforma en gritos:

—¡A mí no me vas a hablar así! ¡¿Oíste?!

—¿Y cómo le estoy hablando, señora?

—Pues así, faltándome al respeto.

Estamos a los pies del edificio 12 y una multitud mira el piso en espera de que la pelea acabe. Hay estudiantes del Instituto de Ecología, un chinampero de Xochimilco, un par de niños y varios vecinos. Quien discute es una mujer mayor —el cabello pintado de rubio, el gesto de fastidio— que no está contenta de que un equipo de la UNAM esté decidido a proteger a los murciélagos que habitan detrás de las paredes de su casa.

—Yo no le he faltado al respeto, pero siempre es lo mismo con usted.

—¡¿Ah, sí?! ¡¿Ah, sí?!

—Pues sí, ¡siempre es lo mismo! No es la primera vez que va y le dice de cosas a mi equipo de trabajo, o a mi familia o a mí.

Quien le responde es Pamela Martínez, socióloga por la UAM Xochimilco y fundadora, junto a Ameyalli y Liliana, del proyecto Guardianes A-lados. La señora se da media vuelta y se mete a su edificio. Pamela se queda inmóvil unos segundos, agitada. Luego vuelve a mirar la rendija.

"Los murciélagos invierten una buena cantidad de energía en discutir acaloradamente y el tema principal de sus molestias —además de la comida y el apareamiento— es el espacio".

A diferencia de sus compañeras biólogas, a Pamela le interesan menos los animales que la gente. Ha vivido en la Hueso-Periférico toda su vida. Su familia reside aquí desde que la unidad fue construida como un proyecto de interés social que todavía contemplaba jardines amplios, esos que los vecinos usan para cultivar árboles frutales. Por eso puede asegurar sin temor a dudas que los murciélagos han vivido aquí desde la construcción de los edificios.

—Yo no soy fanática de los animales, pero la influencia de 31 Minutos y de Juan Carlos Bodoque en mi infancia fue demasiado grande —confiesa—. Crecí preocupada por el medio ambiente y asumí la responsabilidad de hacer algo por el entorno que habitamos. Cuando los vecinos comenzamos a preocuparnos por el guano y vimos la incompetencia de las autoridades, decidí buscar una instancia que sí pudiera ayudar. Así llegué con Liliana y con Ameyalli.

Desde hace dos años, su labor en Guardianes A-lados es establecer diálogos y procurar encuentros informativos con los residentes. El objetivo es tender un puente entre los vecinos y los habitantes no-humanos de la unidad: si en el futuro más murciélagos se atreven a establecerse en la ciudad, lo mejor es considerar lo que sucede en la Hueso-Periférico como un proyecto piloto donde autoridades, vecinos y academia aprendan también a comunicarse para solucionar problemas como la acumulación de guano o el cuidado de las colonias aladas.

Anochece. 

A lo lejos, al norte de la ciudad, una tormenta estalla. Las venas eléctricas de los relámpagos iluminan cada tanto el cielo que oscurece poco a poco.

El carisma de los murciélagos no se debe solo a su actual buena prensa. Estudios recientes comprobaron que algunas especies cuentan con las habilidades clave para establecer una comunicación simbólica entre sí. Sus capacidades para emitir y modificar su sonar son amplísimas. Además, aprenden de manera asociativa, tienen un comportamiento social y son capaces de construir conocimiento —en ejemplares en cautiverio se ha demostrado su habilidad para aprender de los humanos e incluso de operar pantallas táctiles para comunicar sus necesidades a través de símbolos—.

Además, con sus chillidos, los murciélagos emiten firmas vocales de identidad. En otras palabras, al igual que los delfines y los elefantes, los murciélagos tienen nombres propios.

Un estudio, publicado en la revista Nature, usó inteligencia artificial para clasificar un archivo de más de 15 000 vocalizaciones de murciélagos egipcios de la fruta (Rousettus aegyptiacus) e intentar entender si, detrás del estruendo de chillidos y ecolocalizaciones de una colonia, existía también algo parecido a la comunicación. El estudio sugiere que los murciélagos invierten una buena cantidad de energía en discutir acaloradamente y el tema principal de sus molestias —además de la comida y el apareamiento— es el espacio.

Pienso en eso mientras miro a los murciélagos asomar por entre el muro del edificio 12, extender sus alas y lanzarse al aire como golondrinas de la noche. Los imagino insultándose entre sí, peleando por un poco más de espacio en esta ciudad eternamente hacinada.