Los delfines no pueden llorar

Veintitrés años nadando en círculos, un tumor incurable y una caída sobre el concreto que no fue reportada. El delfín Mincho tiene una ley que lleva su nombre pero que a él no lo protegerá.

Los delfines no pueden llorar

Mincho sonríe. Lo ha hecho todos los días desde que nació, incluso el día en que un grupo de cazadores lo separó para siempre de los suyos, incluso el día en que se estrelló contra el piso de concreto frente a un público que no dejaba de aplaudir.

Pero es una trampa anatómica. Aquello no es una sonrisa sino la forma fija de su mandíbula. Los huesos curvados hacia arriba le permiten atrapar peces, su comida, pero parece que sonríe y no lo puede evitar. Los delfines tampoco pueden fruncir el ceño ni llorar para equilibrar esa impostada alegría. Cargan, para siempre, la cara de alguien a quien todo le sale bien.

Detrás de esa sonrisa que no es suya, Mincho tiene alrededor de 36 años, un solo ojo con el que apenas distingue formas y un tumor que le quitó cerca del 70% de la lengua. Veintitrés de sus años los ha pasado nadando en círculos entre muros de concreto.

No siempre fue así. Su historia empezó a casi trece mil kilómetros de aquí, en las Islas Salomón, un archipiélago de Oceanía que forma parte del Triángulo de Coral, la región con la mayor diversidad marina del planeta. En esas aguas cristalinas nadan más de 2 000 especies de peces y al menos 21 de mamíferos marinos, y de esa abundancia han vivido sus habitantes. Uno de sus grandes negocios ha sido la captura y exportación de delfines.

Los delfines tampoco pueden fruncir el ceño ni llorar para equilibrar esa impostada alegría. Cargan, para siempre, la cara de alguien a quien todo le sale bien.

Era 2003 y Mincho tenía otro nombre, uno que no conocemos y que jamás entenderíamos. Cada delfín produce un silbido único que funciona como su firma. No tiene vocales ni consonantes, es un sonido tonal con una frecuencia que sube y baja siguiendo un dibujo propio. Si tratáramos de escribirlo, sería como una sola vocal que se estira y dibuja una curva. Algo como fiiiuuuíííit, o uiiiiii. Los biólogos lo describieron hace más de medio siglo, y cada individuo lo usa para decir quién es. Mincho tenía unos trece años, y con ese silbido su manada lo distinguía de todos los demás. 

No sabemos con precisión cómo lo atraparon. Sí sabemos cómo cazan a los delfines en esas islas desde hace generaciones. Decenas de canoas rodean a la manada y los hombres golpean piedras bajo el agua. Paaaaum, paaaum, paum. El sonido se vuelve un muro que ningún delfín con su oído sensible logra cruzar,  y la manada termina varada contra la costa. Los biólogos Marc Oremus, John Leqata y C. Scott Baker documentaron en 2015 que sólo en la aldea de Fanalei así murieron más de 15 000 delfines entre 1976 y 2013. 

Su carne se come y sus dientes todavía sirven como moneda y como dote. Pero la captura de esta manada en 2003 tenía un tipo de comprador distinto, uno que los quería vivos. Entre abril y julio capturaron al menos noventa y cuatro delfines en la costa del archipiélago, y algunos murieron en el proceso. Mincho se salvó de morir varado en la playa y de terminar en una cacerola.

David Cleland adiestrando a un delfín mular en la Santini's Porpoise School en Marathon, Florida (1967). Fundado en 1958 como un centro de captura y entrenamiento comercial donde se originó el mito de Flipper, este recinto ejemplifica la evolución del negocio de los cetáceos: una instalación que mercantilizó el adiestramiento forzado de animales salvajes antes de transformarse, años más tarde, en el Dolphin Research Center. FOTO: Archivos Estatales de Florida.

El 15 de mayo de 2003, la autoridad mexicana pidió consejo a la Secretaría de la CITES, el organismo que vigila el comercio internacional de especies amenazadas. Tenía en sus manos dos permisos firmados por el Ministerio de Bosques, Ambiente y Conservación de las Islas Salomón que autorizaban exportar a México ciento veinte delfines. La Secretaría respondió que no sabía cómo se habían capturado los animales, recordó que el transporte de delfines había causado "varios casos de mortalidad"  antes y pidió confirmar que el receptor podía cuidar "un número tan grande de ejemplares." Recomendó no autorizar la importación.

Las Islas Salomón vivían tiempos cercanos a los de una guerra civil. Entre el caos, era poco claro quiénes eran las autoridades y cómo ejercían el poder. Australia, que encabezaba una misión de paz, también pidió a México que no autorizara el vuelo, porque nadie sabía cuál sería el impacto ecológico de mover a tantos individuos. México respondió que el parque cumplía todos los requisitos y que no había razón para negarse.

Cada delfín había costado 60 dólares en la playa. Lo que ocurrió entre la playa y la pista de aterrizaje nadie lo ha contado todavía; se sabe, en cambio, cómo debería haber ocurrido. Un escenario tan ideal como poco probable. Las reglas de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo para animales vivos dedican apartados a los contenedores, a los documentos, a la sedación y a quién acompaña a los animales durante el vuelo, y las guías de transporte describen camillas de lona suspendidas dentro de cajas, con apenas un poco de agua en el fondo y manos que humedecen la piel del delfín todo el trayecto. Quizá Mincho viajó así. 

Fuera del agua, un delfín queda expuesto a la deshidratación, a no poder regular su temperatura y a las lesiones que le causa la presión de su propio peso. Al no tener agua, no tiene sostén sobre su cuerpo y sus órganos sufren el efecto de la gravedad terrestre. Su piel comienza a secarse porque no hay humedad que sea suficiente tan lejos del mar. El miedo también deja huella en la sangre. En 2007, un grupo de veterinarios japoneses transportó a cuatro delfines durante seis horas en camión y registró cómo el transporte les elevaba el cortisol y debilitaba sus defensas. El estrés extremo puede incluso deshacer el músculo, incluido el del corazón. 

Fuera del agua, un delfín queda expuesto a la deshidratación, a no poder regular su temperatura y a las lesiones que le causa la presión de su propio peso. Al no tener agua, no tiene sostén sobre su cuerpo y sus órganos sufren el efecto de la gravedad

Los veterinarios lo llaman miopatía por captura y lo han documentado en delfines capturados, manipulados o transportados. Su respiración se acelera, tienen taquicardia. Pum-pum-pum-pum. Luego vienen los temblores musculares y el cuerpo se arquea. Las células del corazón y del resto de su cuerpo se contraen a tal punto que no pueden volver a su forma original y mueren, así, apretadas. El corazón, con fibras muertas por doquier, se debilita. Pum-ffff-pum. En muchos casos, simplemente se detiene. 

Durante al menos veintidós horas, o incluso treinta, no hubo profundidad donde Mincho pudiera hundirse ni agua abierta, sólo el fuuuuummmmmmmmm de los motores, un zumbido sin principio ni final, y las vibraciones y los ecos para un animal que entiende el mundo a través del sonido.

Veintiocho sobrevivientes llegaron al Caribe mexicano, y uno murió poco después de llegar. Su corazón no resistió. Los veterinarios del parque lo abrieron y encontraron úlceras en el estómago y daño cardiaco; fue una muerte por estrés. En los cinco años siguientes, al menos doce más estaban muertos. 

En el verano de 2018, una orca a la que los científicos llaman Tahlequah cargó a su cría muerta durante diecisiete días y cerca de mil seiscientos kilómetros del Pacífico norte. Cada vez que el cuerpo se hundía, ella volvía a subirlo con la cabeza. El mundo la siguió en tiempo real, testigo de un duelo al que nunca fue invitado. Pero desde la década de los setenta los biólogos marinos habían visto y documentado a madres delfín que sostenían durante días a sus crías muertas, como si esperaran que volvieran a respirar o como si huyeran juntos de un dolor inaceptable.

No sabemos qué hicieron los delfines mientras, uno a uno, sus compañeros de viaje dejaban de salir a respirar. Mincho seguía vivo en aguas donde su especie, el delfín nariz de botella del Indo-Pacífico, nunca había nadado.

En 2006, México prohibió importar mamíferos marinos salvo para investigación científica. Pero Mincho y los sobrevivientes ya estaban aquí. La puerta se cerró con ellos dentro. Organizaciones como Empty the Tanks estiman que hoy puede haber hasta trescientos cincuenta delfines en albercas privadas en México; es una estimación porque las autoridades no han hecho un censo desde 2018.

El delfín Mitzi salta a través de un aro en la escuela Santini’s Porpoise School en Marathon, Florida (1966). Descubierta por Ricou Browning, Mitzi fue la Flipper original de la película de 1963, antes de que se emplearan otros seis delfines para la serie de televisión. Tras el rodaje, fue explotada como la gran atracción del acuario donde la encontraron hasta su muerte, simbolizando la vida en cautiverio de los animales cuya fama servía para llenar espectáculos comerciales. FOTO: Archivos Estatales de Florida.

Mincho pasó del Parque Nizuc, que después se llamó Wet'n Wild, al delfinario que la cadena española Barceló abrió dentro de su hotel Barceló Maya Grand Resort, en la Riviera Maya. Las organizaciones que documentan los abusos en los delfinarios, como Dolphin freedom mx,  describen esa piscina como una de las más pequeñas que se hayan utilizado para estos fines. Tenía una profundidad máxima de dos metros.

Los delfines no pasan la vida entera ocupados en sobrevivir. Tienen tiempo libre y saben qué hacer con él; como nosotros, buscan el placer sin buscar descendencia. En 2022, la bióloga Patricia Brennan demostró que el clítoris de las hembras es un órgano funcional, con tejido eréctil y saturado de terminaciones nerviosas, hecho para sentir. La autoestimulación es frecuente, como lo son los encuentros homosexuales. Pero en el Hotel Barceló, el contacto más frecuente para Mincho era con humanos, abrazos con niños y adultos que lo montaban y no miraban con suficiente atención para darse cuenta de que él estaba casi completamente ciego. 

Su piel es tan sensible que el tacto se vuelve un idioma entre delfines; se frotan unos contra otros con las aletas pectorales, en un gesto que los investigadores comparan con el acicalamiento de los primates y que ayuda a calmar las tensiones del grupo. En el mar Rojo, delfines de la misma especie que Mincho hacen fila para rozarse contra ciertos corales y esponjas que tienen sustancias que protegen su piel del sol. En el estanque del Barceló no había corales ni esponjas; había dos metros de agua y paredes de concreto.

Hace unos años, las cámaras de la BBC grabaron a un grupo de delfines jóvenes que mordisqueaban con cuidado un pez globo y se lo pasaban de uno a otro. La tetrodotoxina que produce ese pez es cientos de veces más letal que el cianuro, pero en dosis mínimas tiene un efecto relajante, y después de consumirlo los delfines flotaban cerca de la superficie, lentos, como suspendidos, embelesados con su propio reflejo. Nadie ha podido probar que buscaran ese efecto, pero tampoco nadie puede descartarlo. Mincho no tenía peces globo, ni horizonte donde perder su mirada, ni compañeros para compartir una experiencia relajante. 

Sus relaciones eran más bien tensas y violentas. En ese reino diminuto, Mincho se convirtió en el macho alfa de un grupo que no podía escapar de él. En libertad, un delfín sometido huye del alfa, pero en este tanque no hay adónde ir.

En el mar Rojo, delfines de la misma especie que Mincho hacen fila para rozarse contra ciertos corales y esponjas que tienen sustancias que protegen su piel del sol. En el estanque del Barceló no había corales ni esponjas; había dos metros de agua y paredes de concreto.

Del 27 de febrero al 2 de marzo de 2019, el hotel fue sede de Déjà Voom, un festival de música electrónica. Brrriiii-briii-briii. Blaaaam-blaaaam-blam. Blam-blam-blam-blam. El sonido agudísimo a todo volumen cubría la zona a un par de kilómetros a la redonda. Los delfines, que tienen un oído mucho más fino que el nuestro, soportaron cada madrugada el ruido y las vibraciones.

Al tercer día, Plata, uno de los delfines, apareció gravemente herido. El recinto no tenía veterinario de planta, y murió mientras lo trasladaban a otro delfinario en Cancún. Un año después murió Alex. Dolphin Freedom Mx atribuyen ambas muertes a los golpes de Mincho. También documentaron en video cómo Mincho estrellaba la cabeza contra el concreto una y otra vez, sin que nadie lo detuviera, sin que la sonrisa se le borrara.

Uno de los delfines Flipper descansa junto a la acua-bailarina Marcy Byron en el Miami Seaquarium (1973). Para sostener la producción de la película (1963) y la serie de televisión (1964-1967) creadas por Ricou Browning, se utilizaron al menos seis delfines distintos —entre ellos la hembra Mitzi—. Tras el éxito en pantalla, estos animales terminaron convertidos en atracciones de parques marinos de Florida, evidencia del uso masivo y reemplazable de cetáceos cautivos para el entretenimiento comercial. FOTO: Archivos Estatales de Florida)

Para noviembre de ese año, Mincho tenía unos 30 años, y una severa infección le había hecho perder un ojo. Los ruidos, la falta de interacciones y la obligación de participar en espectáculos lo mantenían en lo que los etólogos llaman estrés crónico severo. Sumado a esto, el contacto era aún menor porque el mundo estaba en medio de una pandemia. Durante algunos meses pudimos experimentar un encierro involuntario. 

Si un delfín celebra la vida, disfruta de sus placeres y también atraviesa el dolor de una muerte, ¿puede suicidarse? La ciencia no ofrece claridad, pero sí muchos indicios.

En los años sesenta, Ric O'Barry era el entrenador principal de las cinco delfinas que interpretaban a Flipper en una famosa serie de televisión. Kathy era la que más veces aparecía en pantalla porque era capaz de ejecutar los trucos más complicados y socializaba fácilmente con los actores. Cuando la serie terminó, Kathy fue trasladada a un tanque del Miami Seaquarium, aislada y sin más interacciones.

Según el relato que O'Barry ha repetido mil veces, un día de visita la delfina nadó hacia él, lo miró, tomó aire, cerró el espiráculo y se dejó caer al fondo. Su antiguo entrenador trató de rescatarla al ver que no subía de nuevo a la superficie, pero murió en sus brazos.

Según su propio relato, seis días después de la muerte de Kathy, O'Barry fue detenido en Bimini por intentar liberar a un delfín de un laboratorio. Ese mismo año fundó Dolphin Project, y ha sido un pionero en los protocolos para regresar delfines a la vida salvaje.

La muerte de Kathy parece un melodrama ficticio, pero la fisiología la hace posible. A diferencia de los seres humanos, los delfines no respiran inconscientemente, como un acto reflejo alejado de su voluntad. Su espiráculo está sellado por válvulas musculares y cada respiración exige una orden consciente del cerebro. Por eso duermen con medio cerebro despierto, para no olvidar salir a respirar. Mincho también dormía así, con una mitad alerta, durante las madrugadas de Déjà Voom.

La neurocientífica Lori Marino sostiene que los cetáceos tienen estructuras cerebrales asociadas a la autoconciencia y al dolor social. Según esa línea de investigación, un delfín aislado puede sufrir un colapso psicológico real y dejar de respirar voluntariamente. Otros especialistas más conservadores creen que eso significa atribuirles conductas humanas. Para ellos, el estrés extremo altera el sistema inmunológico y el corazón, o empuja al animal a una rendición total en la que deja de hacer lo necesario para subir a la superficie. Como quien en un letargo depresivo deja de comer, de dormir, de tomar el sol y pierde las ganas de vivir.

Cuando algunas actividades se retomaron tras la pandemia, Mincho volvió al espectáculo. Todo ocurre en 52 segundos. El video, grabado por uno de los huéspedes del hotel Barceló, encuadra a la orilla de la alberca de dos metros de profundidad a un grupo de niños y adultos con chalecos salvavidas color amarillo. A su lado, un entrenador parece explicarles cómo alzar el brazo derecho para dar instrucciones a los delfines que esperan frente a ellos. Todos mueven el brazo a la vez, de abajo hacia arriba, y los animales salen nadando a toda velocidad. Plop-plop-plop-plop. Sus aletas contra el agua. Uhhhhhhhuuuhhhhh, grita una mujer para celebrar el primer salto. Luego viene otro. Oooohhhhhhh. Se escucha el asombro de un hombre anónimo. Más aplausos, y un tercer salto.

Un delfín aislado puede sufrir un colapso psicológico real y dejar de respirar voluntariamente. Otros especialistas más conservadores creen que eso significa atribuirles conductas humanas.

Mincho sale disparado del agua y cae fuera del estanque, sobre la plancha de concreto. Un golpe seco. Faltan trece segundos para que el video termine. El delfín no se mueve. El entrenador y una mujer corren hacia él; alrededor, la gente murmura algo que no se alcanza a entender, y entre todas las voces solo se distingue la de una mujer que se lamenta. Se escuchan un par de aplausos. Nadie más da un paso. Los niños y sus padres siguen dentro de la alberca, con sus chalecos amarillos, mirando de lejos al delfín tendido en el concreto. Dejan de grabar.

Nadie reportó el accidente a las autoridades, como exige la ley. Los veterinarios que lo revisaron determinaron que Mincho necesitaba quince días de incapacidad, pero los dueños del delfinario decidieron que podía trabajar dos días después, y pronto volvió a salir frente al público de siempre con la misma sonrisa.

Las organizaciones de protección animal y activistas interpretaron la caída y los golpes contra la pared como un acto desesperado, provocado por la angustia, el dolor físico o el colapso psicológico. Los científicos y veterinarios quizá no usan esas palabras, pero coincidieron en que el estrés fue determinante, agravado por la desorientación que genera la pérdida de la visión y de la ecolocalización. Ninguna versión es reconfortante.

Uno de los delfines Flipper realiza acrobacias para la acua-bailarina Laura Singer en el Miami Seaquarium (1973), donde realizaba cuatro espectáculos diarios. Esta intensa rutina refleja cómo el negocio de los acuarios y parques marinos sometió a los delfines a un ritmo continuo de cautiverio, trucos forzados y sobreexplotación con fines de entretenimiento comercial. FOTO: Archivos Estatales de Florida.

El video de la caída circuló durante años entre activistas antes de hacerse viral, en 2025. Sólo entonces intervino la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa). Inspeccionó el Dolphinaris Barceló y encontró siete irregularidades, entre ellas acrobacias no autorizadas, sesiones con más visitantes de los permitidos, agua por encima de los 27 grados y el accidente oculto. El 12 de mayo de 2025 ordenó la clausura total y definitiva del delfinario e impuso una multa de $7 526 240 pesos. Ese mismo año, Barceló Hotel Group, la multinacional española que alojaba el estanque y ofrecía el espectáculo a sus huéspedes, registró ganancias netas de 300 millones de euros, unos 6 000 millones de pesos. 

Eduardo Albor, el empresario mexicano que manejaba este y otros delfinarios, abrió su primer estanque en Isla Mujeres en 1994. Con los años, The Dolphin Company se convirtió en un conglomerado que adquirió parques temáticos y acuáticos en México, Estados Unidos, Italia, Jamaica y otras islas del Caribe. Él y su compañía gestionaron la importación de los delfines en 2003. En febrero de 2026 fue detenido en Cancún, pero no por maltrato animal, sino por fraude procesal durante la quiebra de su empresa. 

Un mes después, el Congreso aprobó por unanimidad la llamada Ley Mincho. La reforma a la Ley General de Vida Silvestre prohíbe usar mamíferos marinos en espectáculos, reproducirlos en cautiverio y mantenerlos en estanques de concreto; también ordena trasladarlos a corrales en el mar y garantizar su bienestar.

Mincho había llegado de un país sin ley a otro donde la ley significa muy poco. Ahora otra ley lleva su nombre, y seis meses después su reglamento sigue sin publicarse y su vida ha cambiado muy poco.

El cineasta Ricou Browning (izq.) y el entrenador Ric O’Feldman con Flipper (c. 1958), icono del entretenimiento con cetáceos en cautiverio. Aunque la popularidad de producciones como Flipper impulsó la carrera de sus creadores y el mercado de espectáculos acuáticos, también consolidó la captura y explotación de delfines para adiestramiento comercial, una práctica hoy cuestionada por el sufrimiento e impacto que genera en estas especies. FOTO: Archivos Estatales de Florida

Hoy vive, junto con otros delfines, en Dolphin Connection Cancún, un parque que antes fue Dolphin Discovery y Dolphinaris. En ese recinto, también propiedad de Albor, murieron 16 delfines entre 2018 y 2025. Profepa lo clausuró en octubre de 2025, y desde entonces ninguno ha muerto.

Un informe de Profepa del 14 de agosto de 2026 describe a los nueve delfines que ahí conservan como estables, pero con pronóstico reservado. Tres son los más graves. Oceanía, de 37 años, tiene las córneas inflamadas y lesiones en la boca; Solei, de 28, tiene opacos los dos ojos y úlceras en la lengua; y Mincho tiene un carcinoma de células escamosas para el que no existe tratamiento probado en delfines en cautiverio.

Gustavo Ampugnani, director de Inspección y Vigilancia de Vida Silvestre de Profepa, ha dicho que corren el riesgo "de morirse donde están y de morirse en el traslado". Organizaciones y veterinarias ya discuten si, para Mincho, la eutanasia sería lo más respetuoso. La patóloga Beatriz Vanda Cantón, de la UNAM, recuerda que antes hace falta un diagnóstico completo. Lo difícil, dice, es que los delfines no pueden decirnos qué tan mal se sienten. Nunca sabremos cómo se siente Mincho, pero por primera vez alguien está obligado a tratar de averiguarlo.

Los otros seis delfines sí podrían llegar al mar si logran estabilizarse. Mincho quizá no alcance a verlo. Sigue nadando en un tanque donde ya nadie compra boletos, entre los mismos muros de concreto, con un nombre que no es el suyo y esa sonrisa que no eligió.