Cuarenta segundos entre la vida y la muerte
Aaron Espadas es el ángel invisible de su hermano boxeador, la primera línea de defensa para detener una pelea que puede tener el peor final. La muerte de Prichard Colón es el recordatorio de la importancia de un cutman.
Latin Kid sale del intercambio de golpes con un gesto de dolor inocultable: guiña un ojo y se lleva el guante a la ceja, donde le asoma un corte que chorrea sangre. En el furioso ataque cuerpo a cuerpo, su rival de Kazajistán le dio un cabezazo. Cuando suena la campana, Elias 'Latin Kid' Espadas camina a su esquina y traga la sangre de sus labios rotos. No quiere que el réferi preste atención a sus heridas porque podría parar la pelea. Aaron, su hermano mayor, tendrá cuarenta segundos para atender los daños. Él es su cutman; no es un médico, pero puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.
Es marzo de 2025 y estamos en un casino de California, en Estados Unidos. Aaron trepa al ring con urgencia, como si estuviera a punto de quitar a un niño de un choque inminente. Mete en la nariz cotonetes con adrenalina y gasas en los labios. Una bolsa de hielo en el pecho y una plancha de acero alrededor de los ojos. Con el frío del metal que antes fue sumergido en hielo, Aaron intenta contraer los vasos sanguíneos para evitar que la hinchazón lo deje ciego. Con sus manos limpia la herida y ejerce presión en el corte profundo para lograr que la sangre coagule. A Elias le arde el contacto de la gasa con la piel en carne viva. Pero se aguanta, confía en las manos de su hermano. El entrenador dicta la estrategia; Aaron no habla. A lo mucho, preguntará a su hermano menor: “¿Cómo te sientes? ¿Estás lastimado?” Y acaso, una frase: “Recuerda por qué estamos aquí”.
Esta será la tercera o cuarta vez que las manos de su hermano mayor le ayudan a terminar el combate. Aaron no sólo lo carga sobre sus hombros en el ring después de la victoria o la derrota: es su apoyo emocional, ya sea en el hospital después de fracturas y cortes, en el camerino antes de subir a un ring en Las Vegas o durante la preparación, dándole hielo y pequeños sorbos de naranja para engañar al hambre y la sed antes del pesaje. Aaron es su cuidador. Su cutman.
El ángel invisible que le salva la carrera.

De cubetero a cutman
Es noche de boxeo profesional en Mérida, Yucatán, y Aaron se acomoda el chaleco negro de cutman con bolsillos por doquier, como los que usan los reporteros. En la espalda tiene bordado su nombre y número de teléfono. En las manos lleva una cubeta plegable que llenará de hielo, y una cangurera roja con medicamentos, gasas y tape. Coloca una pequeña cámara de video en su pecho con la intención de hacer contenido para su Instagram. Hoy será el cutman de la pelea estelar y coestelar. Pero quizá le caiga otra chambita. Durante la función de box no falta quien necesita que le vende las manos o intervenga en algún corte.
Aaron es alto, mide 1.80 metros, usa barba de candado y lleva corto su cabello chino. Relame y peina su bigotito mostacho al que aún no se acostumbra; es algo nuevo en su outfit.
“Es el estilo que quiero agarrar”, confiesa un poco avergonzado y se dirige al camerino, donde lo espera Pablo 'el Rojo' Peraza para que le vende las manos.
Es conocido en la comunidad de boxeo de Yucatán por ser el primer cutman yucateco en trabajar en carteleras de Arabia Saudita, Chile y Estados Unidos. Las estrellas locales contratan sus servicios para asistirlos en peleas de seis, ocho o diez rounds, en las que los cortes y caídas a la lona son un riesgo latente.
Es 19 de julio de 2026. Aaron llega a la carpa del camerino y monta un descansabrazos plegable, como los que se usan para tatuar. Unta vaselina en sus manos y le pide a Pablo Peraza las suyas para masajearlas. Recorre con delicadeza y calma esos dedos, nudillos y palmas que hoy competirán por un título nacional. De la cangurera roja saca vendas, tape, tijeras y gasas. Comienza a tejer el vendaje.
—Abre, cierra, agarra acá —le dice a Pablo.
Es la décima pelea en la que trabajan juntos. Hasta ahora, Pablo no ha tenido una herida importante, pero sabe que es parte del oficio y tarde o temprano le tocará. Alrededor, los boxeadores se calzan las zapatillas, los shorts brillantes; en algunas esquinas practican combinaciones usando las manos como manoplas y su cuerpo, con el torso desnudo, resplandece por la vaselina. Antes del combate, en el camerino, hay una contradicción: se siente la tensión por lo que sucederá en el ring, y relajación, porque hay que descansar y serenarse antes de la guerra.
Aaron no siempre fue el cutman. Al principio nadie confiaba en él, incluso se burlaban. Era el cubetero de su hermano Elias 'Latin Kid' —35 años, barba de candado, la misma estatura de su hermano, pero con 20 kilos menos—. Aaron era el último eslabón en la jerarquía de una esquina, compuesta por el entrenador, el ayudante y él, el cubetero, encargado de recibir los escupitajos del boxeador.
—Empecé poniendo la cubeta, cometiendo errores como tardando en poner la silla, tirando el agua. Mi lugar estaba muy abajo, no era cutman ni entrenador. Era 'el cubetero' y me cotorreaba la banda: 'Sólo eres un cubetero' y yo les decía 'sí, soy cubetero, pero ya me fui a Estados Unidos' —dice Aaron.
Antes del combate, en el camerino, hay una contradicción: se siente la tensión por lo que sucederá en el ring, y relajación, porque hay que descansar y serenarse antes de la guerra.
Los hermanos Espadas provienen de una familia dedicada a las combis del transporte público. Cuando Elias tenía 14 años y Aaron 17, empezaron a entrenar en el deportivo San Francisco de Asís, un gimnasio en el centro de Mérida que les quedaba de paso en la ruta. La inquietud por boxear nació durante unas vacaciones en Telchac Puerto, a 68 kilómetros de la ciudad. Un amigo de Elias llevó unos guantes de boxeo para jugar; él se los calzó y recibió una golpiza. Se prometió entrenar para ganarle a su amigo el verano siguiente.
Elias fue el primero en subirse al ring. Aaron llegó después, motivado por ver a su hermano pelear. Pero a él lo paralizaba el miedo. En su primer combate amateur se echó para atrás al ver que su rival era un tipo más fuerte. Le aterraba que le rompieran la nariz. Entrenó un año entero y sólo hizo sparring con los principiantes.
Elias, en cambio, muy pronto comenzó a competir y destacó a nivel nacional e internacional. Representó a México en competencias y peleó por un lugar en los Juegos Olímpicos de Tokio. Un promotor de boxeo radicado en Miami financió sus inicios como amateur con una condición: en cuanto debutara como profesional, él manejaría su carrera. Elias boxeó sus dos primeros combates profesionales en Mérida; después se mudó a California, donde el promotor le dio casa, coche y sueldo.
Mientras tanto, Aaron manejaba una combi y estuvo presente en todos los combates que pudo. Solía acompañarlo en los vestidores, orar con él, darle masaje en los hombros y cargar la botella de agua. A veces, cuando los entrenadores lo permitían o surgía la necesidad, Aaron entraba como second o asistente del entrenador. Elias le pidió que, cuando fuera profesional, no dejara su esquina. Con él se sentía protegido. Por eso, cuando se fue a California, Aaron tramitó visa de turista y fue tras su hermano.
Ese viaje le haría descubrir su verdadera vocación.

“¿Te gusta lo que haces? Eres bueno”
En California se dedicó exclusivamente al cuidado de Elias: cocinaba, lavaba ropa, hacía masajes, asistía de cubetero a los entrenamientos en 'el establo', donde también entrenaban peleadores de élite como Guillermo Rigondeaux y Andy Ruiz, bajo la dirección del entrenador cubano el Dr. Pedro Díaz. Aaron fue el soporte emocional de Elias en su soledad de migrante, y en las dificultades que atravesaba como boxeador en busca del campeonato del mundo.
Durante ese tiempo ambos se hicieron amigos de dos hermanos boricuas en los que se veían reflejados: uno, Prichard Colón, era el peleador; el otro —el hermano mayor — se encargaba de sus cuidados. Tiempo después, Prichard sufrió un derrame cerebral causado por una serie de golpes en la nuca recibidos durante la pelea contra Terrel Williams. Estos golpes ilegales son conocidos como “golpes de conejo” porque los cazadores, cuando quieren matar a un conejo de forma rápida y sin dañar su piel, dan un fuerte golpe en la base del cráneo del animal, lo que separa al cerebro del resto del cuerpo y causa su muerte instantánea. Prichard recibió entre 20 y 30 golpes de conejo durante esa pelea.
Aaron llegó después, motivado por ver a su hermano pelear. Pero a él lo paralizaba el miedo. En su primer combate amateur se echó para atrás al ver que su rival era un tipo más fuerte. Le aterraba que le rompieran la nariz.
El réferi no detuvo el combate, a pesar de que en el séptimo round Prichard cayó a la lona por otro golpe de conejo y se revolcaba de dolor. El médico dio su visto bueno para continuar. Tras el último golpe, Prichard regresó, tambaleante, a su esquina. El encuentro terminó porque no tenía puestos sus guantes al sonar la campana y eso lo descalificó. Al terminar la pelea, en el vestidor, tenía mareos y vómitos y fue llevado de urgencia al hospital. Cayó en estado de coma durante 200 días, despertó en estado vegetativo y jamás volvió a pelear. El 13 de agosto de 2026 Prichard murió a los 33 años. Su historia fue una alerta para los hermanos Espadas sobre los riesgos en este deporte, pero, sobre todo, de lo que ocurre cuando una pelea no se detiene a tiempo.
En California, Aaron imitó lo que veía alrededor, sobre todo al tipo que con un brazalete en la muñeca y una planchita helada subía a atender el rostro de los boxeadores. No quería regresar a Mérida, deseaba continuar cerca de su hermano. Pero no había oportunidad. No era la estrella, nadie daría la cara por él . No era, todavía, ni siquiera el cutman.
Al regresar a Mérida aprendió el oficio de barbero y cayó en cuenta de su habilidad para trabajar con las manos, unas manos grandes y suaves, que aprietan o soban, según sea el caso, y que transmiten serenidad y confianza. Usaba un brazalete de cutman que le regaló Juan Gutiérrez, uno de los más reconocidos del oficio en California. Lo vio desempeñarse en la esquina y le dijo “¿Te gusta lo que haces? Eres bueno”. Juan se quitó el brazalete Cutman4hire, su propia marca, que va ajustado a la muñeca y tiene un compartimiento para guardar vaselina y cotonetes, y se lo regaló.
Con el brazalete —su posesión más preciada, guardada durante años hasta que le robaron—, y todo lo que había visto del boxeo en California, decidió intentarlo. Se había cansado de la monotonía de estar sentado bajo el calor de la ciudad de Mérida, todo el día en la calle manejando una combi. Tomó unos cursos de barbería y comenzó a ir a las peleas profesionales para ofrecer gratuitamente sus servicios. Algunos nunca habían escuchado 'eso del cutman' y Aaron les explicaba que en los combates profesionales cumple un papel fundamental: un buen cutman te puede salvar la pelea, un órgano o incluso la vida.
Estos golpes ilegales son conocidos como “golpes de conejo” porque los cazadores, cuando quieren matar a un conejo de forma rápida y sin dañar su piel, dan un fuerte golpe en la base del cráneo del animal, lo que separa al cerebro del resto del cuerpo y causa su muerte instantánea. Prichard recibió entre 20 y 30 golpes de conejo durante esa pelea.
El primer gran reto de su carrera fue en Miami, en 2021, cuando fue cutman del peleador yucateco Juan 'el Loquito' Kantún, contra el filipino Mark Bernaldez. Bernaldez le hizo un corte en la ceja que requirió diez puntadas. Durante la pelea la sangre chorreaba por el rostro del Loquito y Aaron le preguntó si podía continuar. El Loquito dijo que sí y le pidió que detuviera el sangrado. En 40 segundos limpió la herida, ejerció presión, selló con vaselina y adrenalina. El Loquito perdió el combate, pero el trabajo de Aaron llamó la atención de algunos mánagers que en esa misma función lo contrataron. Incluso el promotor le dio 300 dólares de propina por haber salvado la noche. Salió de la arena con 1000 dólares y su nombre empezó a sonar en la comunidad del boxeo de California.
”Una comunidad muy cerrada, a la que es difícil entrar”, dice Aaron, quien a sus 38 años no logra que este trabajo lo sostenga del todo y lo combina con la barbería que tiene en un cuarto de su casa.
Aaron pertenece a la tradición del cutman latino en Estados Unidos. Aprendió, al igual que Rafa García —cutman de Floyd Mayweather—, Jacob 'Stitch' Duran —cutman de Wladimir Klitschko— y Juan Gutiérrez —cutman de la UFC—, de forma autodidacta, preguntando a médicos, con información heredada de entrenadores viejos y practicando en gimnasios. No hay una escuela de cutman ni un permiso oficial para ejercer. Basta con tener una licencia de entrenador. Aaron aprendió viendo, pidiendo consejos a médicos y cutman más experimentados. También tomó un par de cursos sobre atención médica especializada en el CONSAMEF (Consejo Nacional de Profesionales de la Salud Mental y Física) y el Consejo Mexicano en Artes Marciales Mixtas.
En muchos casos los entrenadores cumplen la función de atender las heridas, pero cada vez es más común encontrar a una persona en las esquinas que se dedica exclusivamente a esta tarea, sobre todo en peleas de artes marciales mixtas como la UFC (Ultimate Fighting Championship), en las que suele haber más cortes por los codazos, patadas y los guantes de menor gramaje que en boxeo.
El rostro de Elias fue el lienzo en el que Aaron practicó. Combates difíciles como el que tuvo contra Xander Zayas, el puertorriqueño 13 años menor que lo noqueó en el quinto round. O como el que tuvo contra el invicto filipino Weljon Mindoro y el brasileño, también invicto, Herbert Conceicao.
Pero también ha salido del ring en camilla, directo al hospital. La primera vez, la más grave, fue en California, por golpes en la nuca: Elias sufrió mareos y vómitos durante el viaje en ambulancia, temían que fuera un coágulo en la cabeza. La segunda, en Filadelfia, por un cabezazo. La última vez, Aaron lo llevó casi a rastras, Elias aseguraba que estaba bien, pero en realidad quería evitar la vergüenza de salir de la arena en camilla como lo dicta el protocolo de la comisión de box en Las Vegas. Fueron tantos los golpes de conejo que Aaron le dijo: Bróder, puedes decir o pensar lo que quieras, pero yo estoy encargado de tu salud. Súbete a la camilla.
Después de las cámaras, los gritos, aplausos o abucheos, cuando toda la atención sobre el peleador se ha ido y hay que ir al hospital a atender fracturas, cortes, narices rotas, e incluso hasta el entrenador se marchó, ahí está Aaron. Su hermano.
Los hermanos y los puños
Los Espadas son tan sólo un ejemplo de hermanos en los deportes de contacto. En boxeo están, por ejemplo, Juan Manuel y Rafael Márquez o Vitali y Wladimir Klitschko; en MMA, Nick y Nate Díaz o Ilia y Aleksandre Topuria.
Aaron se siente conmovido especialmente con la historia de los hermanos Topuria: Ilia es la estrella y el entrenador y esquina, su hermano Aleksandre, a pesar de que su carrera como peleador también prometía llegar lejos. El pasado 14 de junio —durante la celebración del cumpleaños de Donald Trump con una función de la UFC en la Casa Blanca— Ilia sufrió la mayor derrota de su carrera: fue ante Justin Gaethje, peleador estadounidense que con patadas al rostro y volados de derecha dejó la cara de Topuria con daños severos en las cuencas oculares. En el tercer round, la visión de Topuria estaba completamente limitada por la hinchazón. Aleksandre decidió parar la pelea, aunque su hermano insistía en continuar.
“Es muy duro ver que tu hermano menor caiga a la lona”, confiesa Aaron, “Te hiere porque no lo quieres ver sufrir, pero con él ya tengo hablados esos temas. Tenemos un trato de que si el día de mañana yo veo que la pelea se está saliendo de control, aunque no sea el entrenador, voy a hacer que pare la pelea. Porque es la vida de mi hermano. No olvido lo que le pasó a Prichard Colón”.
El verdadero trabajo de un cutman es la prevención. De no ser por ellos, seguramente aumentarían las muertes por daño cerebral o hematoma subdural agudo —la más común en boxeo—. El registro histórico más detallado sobre muertes en boxeo es The Manuel Velázquez Boxing Fatality Collection; gracias a él sabemos que, desde 1890, han ocurrido al menos 1355 muertes durante combates, entrenamientos o por negligencia médica. Alrededor del 80% ocurrieron por lesiones en la cabeza, el cerebro y el cuello. El 75% murió durante el combate, el 25% al salir de la pelea y el 5% días o semanas después.

Pensar como un cutman
Acaba otra noche de box en Mérida y Aaron se dirige hacia su coche, un Chevrolet azul del 2013, todavía con el chaleco puesto y su cubeta plegable en la mano. A su paso, se despide de boxeadores y entrenadores. Ahora tiene 3000 pesos más en el bolsillo y está un poco alterado porque la pelea de Pablo Peraza, pactada a 10 rounds, terminó en el cuarto. El rival de Pablo, con el ojo hinchado, no quiso continuar, alegó haber recibido cabezazos. A estas alturas Aaron conoce bien las mañas del oficio: cómo provocar que termine pronto una pelea que vas perdiendo, sin ensuciar tu récord; cómo se construye la carrera de un boxeador; la ficción detrás de muchos de los cinturones de campeonato y los acuerdos injustos con las promotoras.
El boxeo es un negocio. Aaron lo sabe, por eso ya no regala su trabajo. En cada función profesional de Mérida tiene sus clientes, con tarifas y tratos establecidos: 100 pesos por round por el servicio de cutman, incluye vendaje, y el 3% en bolsas mayores de 200 000 pesos. Aunque tiene tratos especiales con algunos boxeadores yucatecos, como Selina Rojas: no le cobra, pero cuando llegue a peleas de seis rounds empezará a pagarle. Sabe que la mayoría de los boxeadores profesionales que aún pelean cuatro rounds, suelen cobrar 4 000 pesos por pelea, por eso, cuando algún joven boxeador se acerca para pedir sus servicios los orienta para buscar patrocinadores que paguen por su trabajo. “Las personas que no te quieren pagar ahorita, cuando lleguen lejos, menos te van a querer pagar. Esto es un negocio, bróder”, dice Aaron.
Es muy duro ver que tu hermano menor caiga a la lona. Te hiere porque no lo quieres ver sufrir, pero con él ya tengo hablados esos temas. Tenemos un trato de que si el día de mañana yo veo que la pelea se está saliendo de control, aunque no sea el entrenador, voy a hacer que pare la pelea.
Para él, dedicarse a la carrera de su hermano menor no es estar a su sombra. El sueño de tener una pelea por el campeonato del mundo, ganen o pierdan, es un sueño compartido. Ahora Elias ‘Latin Kid’ trabaja manejando un Uber en California. No tiene promotor. Su hermano es quien le consigue las peleas. Desde Mérida y en su celular entra al Boxrec —el registro digital de los boxeadores profesionales con licencia— busca rivales, compara récords, lo consulta con su hermano y luego escribe mensajes a promotores para ofrecer un combate para su próxima función.
Se fijan bien en los contratos antes de aceptar una pelea, sobre todo en las cláusulas sobre riesgos a la salud. Hay promotoras que se deslindan de daños y otras que cubren hasta 100 000 dólares en facturas de hospital. En la próxima pelea de Elias, en Guadalajara, no habrá cobertura médica.
“Cuando veo a mi hermano lastimado me duele el alma, pero yo sé que quiere ser campeón y yo tengo que actuar como cutman. No puedo pensar con la emoción de hermano porque le puedo arruinar la pelea.”, reflexiona Aaron frente al volante, de camino a casa “Elias me dice, tú me cuidas como familia y me cuidas como esquina. Pero a la hora de la pelea, por más que me duela ver a mi hermano caer, yo tengo que pensar como un cutman”.
Latin Kid no tiene la carrera perfecta: a sus 35 años es un peleador veterano, con nueve derrotas y dos nocauts. Necesitan una victoria importante para volver a estar rankeados y que les llegue la oportunidad de una pelea de campeonato del mundo.
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